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Toy Story 4: La importancia de llamarse Woody

8 julio, 2019

Toy Story 4: La importancia de llamarse Woody

Que Toy Story 4 podría haberse evitado, es cierto. Que quizás, una cuarta parte se antoja –claramente- como parte del negocio de Disney de impulsar proyectos sobre marcas reconocidas, también. Que decir esto es una obviedad, absolutamente. Y aun así la cuarta entrega de los juguetes se siente como un cierre necesario en muchos aspectos.

Un epílogo por añadidura y extensivo de la tercera entrega, pensado y diseñado para mimar especialmente a su personaje-columna vertebral de todo este rodeo que es Woody. Vaquero transformado en mejor amigo, líder, voz de la razón y por sobre todo: Guardián.

Hoy, casi 25 años después de la primera entrega que revolucionó el panorama de la animación digital para siempre y granjeó a Pixar el estatus del cual goza, Toy Story se despide con una carta no mejor (algo improbable) pero si a ratos más íntima en –inevitable- comparación con su tercera entrega haciendo a mi juicio (y tal como lo hicieran en la menospreciada Monters University) valientes decisiones sobre los destinos de los personajes y por sobre todo, con un amor inconmensurable sobre su propio universo y lo que han creado.

Lealtad

El comisario es –y ha sido- punto de anclaje para todo este cuento larguísimo que habla sobre una fantasía tan naive como la conciencia que le otorgamos a nuestros objetos. Es en cierto sentido, hablar de extensiones de nuestra mente que representan el valor que depositamos en las cosas por tanto son significativas para nosotros de un estado, una época o un determinado sentimiento.

En el mundo de Toy Story los juguetes nacen con un propósito. A diferencia de nosotros como humanos, ellos carecen del libre albedrío pues el fin más noble de un juguete es estar ahí para su niño.

Una premisa que la saga ha manejado en todas las entregas siempre permeada por la percepción propia que estos personajes desarrollan de sí mismos. Es en rigor, la transformación en el ego de Woody que va evolucionando. Primero herido por la irrupción de un extraño, luego por el hecho de percatarse que quizás no te valoran como deberían, para cerrar en la aceptación de que podemos encontrar consuelo en los demás en tanto estemos juntos para cumplir nuestro propósito.

Pero si bien la entrega anterior finaliza esa idea de manera coral, aún faltaba cerrar esa percepción que teníamos sobre que hace a Woody, Woody.

En algún punto de Toy Story 3 Andy habla con Bonnie y dice “Lo que hace especial a Woody es que jamás te abandona, el estará contigo pase lo que pase…” y ese eje, esa percepción definitoria del muñeco no deja de sentirse con la perspectiva del tiempo, algo así como una jaula de oro para un personaje definido a través de la lealtad.  

En Toy Story 4, esa visión de sí mismo y que proyecta hacia los demás, se confronta sobre la futilidad de la existencia y el propósito para el que es creado Forky, otro personaje, con otra mirada sobre “lo que somos” y nos entrega la clave sobre la cuestión que aqueja a Woody:

Hechos para el otro

¿Somos más de lo que decimos que somos? ¿Somos más de lo que nos dicen que deberíamos ser? ¿Nuestra idea de la vida, nuestro propio leiv motiv cruza y permea todas las aristas de nuestra existencia?

Porque el tema del fin último es lo que rodea a la cinta de Josh Cooley ¿Qué somos? ¿Para qué o quién estamos destinados a estar?

Toy Story parece hacer del rutinario esquema juguete-perdido-rescate y-aventura su modus operandi para en realidad hablar -como siempre- sobre otras cosas, incluso con su villano que a diferencia de Lotso, o el apestoso Pete, en realidad no es tan villano.

Más?
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Gabby Gabby es quizás con diferencia, uno de los personajes que mejor refleja esa idea de la falta de libre albedrío que rodea al mundo creado por Pixar.

Si el oso y el viejo minero representaban un ego herido y vengativo sobre el fracaso de su fin como compañeros-juguetes (ya sea por ser abandonados o despreciados por quienes debían amarlos, respectivamente) Gabby Gabby es la representación de la falta absoluta de un propósito.

Una abulia generada por su condición material que deviene en rencor, pero que puede ser subsanado, tiene remedio y en eso, radica su esperanza.

Entendemos que es del dolor que nace de su odio, y es del dolor de la carencia, que por fin empatizamos. A todos nos falta algo, todos estamos un poco rotos, pero del sacrificio (y por agregar, la entrega total) nace la oportunidad de avanzar.  

Con un poco de ayuda de mis amigos

Tal vez lo más contraproducente de centrar el relato sólo en un personaje, es la incapacidad de poder expandir a otros, problemáticas propias, quedando a medio camino o mejor dicho, estáticos en cuanto a su desarrollo.

Buzz Lightyear debe ser uno de los más afectados con esta decisión narrativa pues básicamente se explora de manera muy superficial la idea sobre el aspecto de la (su) conciencia, casi siempre bajo el prisma del humor.

Y aunque su propia historia sigue la misma idea sobre el libre albedrío y la percepción del yo, todo queda relegado al momento cómico y poco más, dejando realmente inconcluso un tema que podría ser muy interesante de explorar, en especial, si hablamos de un personaje fundamental de la saga.

Además, para mi eso sí, hay algunos escollos difíciles de resolver puntuales. Y es que no me terminan de funcionar todos los nuevos personajes. Debe ser porque siento que relegan el peso de los que deberían ser la “pandilla” de siempre, pero entiendo también que es la apertura necesaria que la historia requiere, para llevar el epílogo a derroteros concretos.

Y curiosamente a pesar de expandir en niveles literales el mundo de la película, también relega toda la narrativa a espacios físicos concretos que funcionan como escenarios para demostrar sin pretensión, toda la potencia en materia tecnológica de la que Pixar hace gala, sin nunca secuestrar el relato. Es decir, es cosa solo de ver el trabajo de luz y el fucking gato. Impresionantes.

Es así que Toy Story 4 abandona cualquier pretensión de querer abarcar una historia que sea igual de épica y catártica como la tercera, y abraza un final agridulce para muchos que, prisas más, prisas menos (es realmente una película corta) deja cierto pozo de tristeza.

Son 25 años junto a Woody, y realmente nos sentimos un poco como él cuando deja a su niño, Andy. Es finalmente la despedida que el sheriff necesitaba y para la que jamás íbamos a estar listos. Nosotros también tenemos que cerrar el ciclo. Todos tenemos que crecer.

Comenta o muere

Periodista. Fundador de Plan9. Weón fome.