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Tolkien y Lewis: El cristianismo como materia prima mágica

15 abril, 2017

Tolkien y Lewis: El cristianismo como materia prima mágica

Inglaterra entre 1930 y 1950. No era una época tranquila.

En el período se desató una guerra que en su momento se pensó que era la “guerra que acabaría con todas las guerras”. El mayor conflicto armado que se tiene registro; marcó buena parte de la conciencia de los individuos.

La filosofía, el arte, la literatura e incluso la ciencia nunca volverían a plantearse los mismos temas.

Puede que en esa época la atmósfera de un bar de la ciudad universitaria de Oxford sea distinta a la de bar de hoy en una ciudad X.

O puede que no.

Quizás se tomaba la misma cerveza barata, se contaban las mismas mentiras, se consumían las mismas experiencias.

Lo cierto es que un lugar así se formó un grupo que conseguiría consumar un hito en la literatura universal: los Inklings, que entre sus miembros contaba con dos genios, Clive Staples Lewis y John Ronald Reuel Tolkien.

Los dos profesores de lengua y literatura inglesa. Los dos enamorados de los relatos fantásticos. Los dos interesados en la mitología.  Y los dos profesos del cristianismo.

Cristianos en el más profundo sentido de la palabra. La historia de estos dos hombres en su acercamiento a Dios es diferente, pero ambos convergen en el aprecio por las enseñanzas de Cristo.

Tolkien, católico, papista, admirador de la Iglesia de Roma. Lewis, anglicano, purista, admirador de la Iglesia de Inglaterra.

No hay manera de separar completamente la obra de la experiencia del autor.

En literatura lo que observamos son relatos y aunque estos estén ajenos a vivencias particulares del escritor no lo están a su conjunto de valores.

Partiendo por tal premisa nace la curiosidad: ¿Contiene el Señor de los Anillos enseñanzas de Jesús “el Nazareno”? ¿Son las Crónicas de Narnia una analogía de la pasión y redención de Cristo?

Hay algo de eso. O puede que bastante. Principalmente en el anglicano. C.S Lewis, quien se convirtiera al anglicanismo gracias, entre otros motivos, a las charlas con Tolkien, no tuvo reparos en hacer de las Crónicas de Narnia una alegoría bastante explicita de la misión del “hijo del carpintero”.

No creo que el pastor Soto tenga un poster del león de Narnia, pero debería. Aslan, el felino parlante, es una versión alternativa de Cristo.

En una carta con fecha de 1961 el autor expone: “supongamos que existiese un mundo como Narnia y supongamos que Cristo quisiese ir a ese mundo y salvarlo (como lo hizo por nosotros). ¿Qué pasaría entonces? Pues las crónicas son mi respuesta. Como Narnia es un mundo de bestias que hablan, pensé en encarnarlo como una bestia que habla. Le di forma de león porque se supone que el león es el rey de las bestias, y Cristo es el León de Judá mencionado en la Biblia”.

Aunque Aslan no convierte el agua en vino (no era tan bacán) sí se sacrifica por amor y de manera “natural”, como todo el mundo, resucita, tal como lo hizo Jesús.

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Lo anterior, al “hermano” Lewis no le pareció suficiente. Su trilogía de ciencia ficción: Lejos del planeta silencioso, Viaje a Venus y Esa fuerza maligna es una especia de Nuevo Testamento extraterrestre donde expone historias cristianas y la lucha del bien y del mal en planetas como Venus o Marte. Un apóstol en todas sus letras.

La influencia del cristianismo en la literatura de Tolkien es menos directa. El filólogo odiaba las alegorías, entendiendo la alegoría como una herramienta literaria donde los personajes u objetos ilustran un principio moral o religioso oculto en el relato.

Por lo mismo, su obra está sujeta a múltiples interpretaciones. Dios como escritor sabe, con su biblia o el Corán, que esto es peligroso.

La verdad se diluye entre una variedad de criterios, dispares o no, que adoptan significados que obedecen a la propia cosmovisión de quienes interpretan.

Si el señor Tolkien deseaba tener a una cantidad considerable de académicos estudiando su obra y preguntándose qué mierda significaba el anillo, lo logró. Y lo cómico es que quizás no signifique nada. Tal vez es sólo un anillo de poder que debe ser destruido.

Pero como el post debe ser contingente y es semana santa, Tolkien era un católico devoto y mi tesis es que es difícil separar la obra del autor, existen algunos elementos que invitan a deducir influencia cristiana en el Señor de los Anillos.

 

Resulta que puede que no sea casualidad que el encargado de portar y destruir el anillo sea un ser perteneciente a la raza más humilde de la Tierra Media: los hobbits.

Frodo podría representar a Cristo: un hombre humilde de una región humilde, lleva una carga, el peso lo ha debilitado, su tarea resulta en angustia y dolor, pero sólo él, tal como Jesús llevó nuestros pecados, puede llevar el anillo. Ahora, si Frodo es Cristo, Sauron es Satanás, Lucifer, el diablo o como quieran llamarle.

Hay algunos que van más allá. Hay quienes creen que Cristo está en tres figuras de la saga: Frodo como el sacerdote, Gandalf como Profeta y Aragón como Rey de reyes.

Resulta un tanto descabellado, aunque no por eso deja de ser verdad. Tertuliano en el siglo II expresó la sentencia “Creo porque es absurdo”, justamente para defender la fe, mientras menos racionalmente sea comprensible un dogma se debe apoyar con una mayor convicción.

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Lo cierto es que la tentación aparece como el conflicto interno de Frodo. Su lucha es similar a la de Jesús cuando resistió el tercer ofrecimiento de Satanás, el “de gobernar todas las naciones de la tierra”, mientras meditaba en el desierto. Su éxito es consecuencia directa del sacrificio, concepto y elemento fundamental de los preceptos cristianos.

La revolución industrial, las consecuencias del progreso deliberado, la preocupación del medio ambiente o los estragos de la Segunda Guerra Mundial están presentes de forma más clara en la obra, pero no descarto que mientras Tolkien escribía el Señor de los Anillos, la biblia en su velador haya tenido una real injerencia.

Lo anterior, no ha pasado desapercibido en organizaciones cristianas que han tomado la obra de Lewis y Tolkien como arma evangelizadora. Es válido.

Los escritores más sofisticados han hecho de su obra un patrimonio universal lo que significa que no sólo deberán estar más baratos en las librerías, sino que merecen el uso y la interpretación que se quiera. La literatura es un ejercicio de libertad. No por nada los gobiernos totalitarios han empezado por quemar libros.

De ahí que no nos deberíamos sorprender si en un futuro en los moteles en vez de tener en el librito azul del Nuevo Testamento encontremos Las Crónicas de Narnia o el Señor de los Anillos.

Más de alguno leería en vez de caer en el pecado. Amén.

 

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