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Sobre El Principito y la obra inmortal

19 diciembre, 2015

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Sobre El Principito y la obra inmortal

No sé bien cómo definir el arte sin caer en oraciones prefabricadas. Sólo puedo intentar definirlo por la experiencia personal, por cómo me afecta. Y el arte, en ese sentido, es el que te transporta, el que tiene la capacidad de trasladarte y evocar alguna  emoción.

La anterior es una definición corta y  mala. Scarlett Johansson también me transporta y me genera emociones, pero nadie sería capaz de definirla como un objeto de arte o quizás no todavía. Sin embargo, la película “El principito”, tiene todas las características para enmarcarse en ese extraño grupo de las obras artísticas.

No tengo la potestad para criticar la película en un sentido técnico. Tienen que verla. Lo que puedo hacer es volver a la idea original: El libro, escrito por  Antoine de Saint-Exupéry, un 6 de abril de 1943.

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La caída del asteroide B-612. El niño sabio y humilde. El zorro y la rosa. Un príncipe que se encuentra con un aviador varado en el  desierto que le enseña acerca de sus viajes por el cosmos y que de manera ilustrativa pareciese ser que su discurso fundamental fuese que lo humanos son extraños. Pero, eso es reducirlo. El libro es un tratado filosófico práctico, un libro de experiencias, que tiene mucho que decir acerca de la amistad, del olvido, de cómo el tiempo y la comodidad causan una brecha inseparable con nuestra infancia y con  lo esencial, que es, por supuesto, invisible a los ojos.

La fantasía que provocan sus páginas, traducidas a más de 257 idiomas, no está separada de la misteriosa  vida de su autor. Porque no sólo la pronunciación de su nombre me significa una intriga. Antoine de Saint-Exupéry fue un escritor que a uno le deja la sensación que se esforzó de alguna manera  para que su vida sea una novela.

Antoine fue aviador, como el personaje del libro que conoce al “Principito”. Nació en Francia, pero el libro lo publicó en su exilio en  Estados Unidos. Trabajó haciendo vuelos de reconocimiento durante la Segunda Guerra Mundial antes de la ocupación alemana. Se estrelló en 1935 en el Sahara, tratando de romper un récord de velocidad, hecho que probablemente haya inspirado gran parte de los pasajes del libro.

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El “Principito” lo escribió durante su exilio, presentándolo a la editorial Reynal & Hitchcock con ilustraciones de acuarela. Un año después, desapareció en el Mediterráneo, mientras volaba en una misión aérea de reconocimiento para el escuadrón francés.

Desapareció… el desaparecer no es lo mismo que morir. Tienen dimensiones distintas. El muerto está, existe. El desaparecido no, al desparecido le falta lo material, pierde el derecho al reconocimiento, a la despedida, y pierde también, de alguna forma, su identidad.

No sabemos si su desaparición fue voluntaria o producto de un accidente, aunque un autoexilio no me parecería extraño. Había hecho más de lo que le pedimos. Escribió un libro que no sólo lo convertía en uno de los mejores escritores franceses del siglo XX, sino que lo pregonaba como el apologista de la infancia y de las cosas simples. Una cosa es vivir y otra saber vivir, es lo que nos dice el pequeño príncipe en el oído. Porque es posible crecer y no perder el enfoque. De hecho, “crecer no es el problema, olvidar lo es…”

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En un mundo donde la tecnología lo controla todo y roba los espacios más íntimos, el ejercicio de la infancia debe orientarse. El principito nos viene a enseñar que no podemos olvidar  que la niñez es un estado y no una condición. Que podemos llegar a ser adultos, personas maduras, pero con la sensibilidad propia de un niño.

Cuando se escribió el libro el mundo se preparaba para una nueva guerra. En la actualidad, existe una pérdida semejante de la sensibilidad. Nadie siente al otro lo suficiente, como lo haría un niño.

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“Dibújame un cordero”, demandaba el Principito al aviador y el aviador terminó dibujando una caja. ”Es justamente el cordero que quería”, declaró el Principito, imaginando al cordero perfecto dentro de la caja. No es necesario extenderse demasiado en la metáfora para explicar el sentido de la narración. Basta con una imaginación pulida para ver lo que los ojos no pueden ver

Es así como la película vuelve a dar vida al libro. Y eso es gratificante. Los cuentos que no están destinados a contarse continuamente, mueren. La literatura, más que conceptos y narración es experiencia y revelación. Porque puede ser triste perder la infancia. Hay algunos niños que la pierden incluso siendo niños. Con la lectura y relectura del Principito no está completamente perdida.

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