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Plan9 en Caldera: El Festival Internacional de Cine de Terror de Atacama es serie B en estado puro6 min read

17 febrero, 2020 5 min read

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Plan9 en Caldera: El Festival Internacional de Cine de Terror de Atacama es serie B en estado puro6 min read

Cuánto me demoro? 5 minutes

Han pasado casi dos semanas desde que presenciamos una de las mejores y más impredecibles ediciones de los premios Óscar de los últimos años. Y si bien en Plan9 no fuimos invitados a cubrir la ceremonia, sí que recibimos la invitación al segundo evento cinematográfico más importante del año: el Festival Internacional de Cine de Terror de Atacama.

Bueno, en realidad tampoco fuimos lo que se dice invitados, pero nos colamos igual. Y es que cuando supimos que se trataba de un festival completamente autogestionado por nerds del cine de terror igual que nosotros, no pudimos dejar pasar la oportunidad.

Al principio, FICTA estaba pensado como un festival de tres días que tendría lugar en Copiapó. La fecha clave era el 31 de octubre del 2019 y habían un montón de actividades paralelas preparadas, como talleres de maquillaje, conversatorios sobre el rol de la mujer en el cine de terror, zombie walks y cosas por el estilo. ¿Qué sucedió? Bueno, pues que Chile explotó (o despertó) justo dos semanas antes de que el festival comenzara y todo se pospuso.

No era para menos, dado que Copiapó fue la ciudad más saqueada luego del estallido social y en diciembre andar por sus calles aún se sentía como estar en una mala parodia de Mad Max. Las actividades fueron canceladas, el festival suspendido y no supimos nada de FICTA hasta enero de este año, cuando se anunció que el evento se movería a Caldera y tendría lugar el jueves 13 de febrero.

Así que este humilde servidor aprovechó la oportunidad para reclamar los escasos viáticos de Plan9, y vestido con mi mejor traje de baño y sandalias llegué a la antigua estación de ferrocarriles de Caldera para cubrir la primerísima primera edición del Festival Internacional de Cine de Terror de Atacama.

Si la estación ya de por sí es lúgubre (es una oscura construcción de casi doscientos años), el lugar estaba decorado para la ocasión: del techo pendían guaguas muertas cual campaña anti aborto, cadáveres envueltos en bolsas de basura ocupaban los asientos y un líquido parecido a sangre llenaba los bidones de agua. Y por supuesto que los organizadores estaban disfrazados de monjes satánicos, viudas fantasma, fotógrafos de eventos y otros monstruos clásicos del género.

El festival comenzó con la exhibición de La Casa Lobo, una película chilena de stop-motion que trata sobre una niña que se refugia en una casa luego de escapar de una secta alemana en el sur de Chile. La trama, eso sí, pasa a segundo plano ante el virtuosismo técnico con el que está contada, un ejercicio extremo de forma sobre fondo cuyo estilo sobrecargado tiene el único propósito de perturbar al espectador.

En La Casa Lobo no hay estabilidad alguna: todo se mueve, se contorsiona y se transforma a cada segundo, lo que le otorga un aire pesadillesco a una película que parece sacada de un viaje en ácido de Tim Burton. Cuando Tim Burton era bueno, claro.

¿Dónde pueden verla? Ni idea. Pero si la encuentran por allí no está demás decir que es una cinta completamente experimental. Así que abstenerse aquellos que buscan estructura argumental, viaje del héroe o cualquiera de esas cuestiones de narrativa básica de las que esta película se desentiende completamente.

También es necesario advertir que es para mayores de 14 años, cosa que no parecieron entender muchos de los asistentes que llevaron a sus hijos (porque se sabe que la animación no es cosa de adultos) y debieron sacarlos a los pocos minutos de la película.

Una vez corrieron los créditos y se encendieron las luces de la sala, la gente comenzó a pararse de sus asientos en silencio, sin saber muy bien cómo tomarse la experiencia. Aprovechando la estupefacción, la presentadora corrió al micrófono para dar inicio a la premiación de los ganadores del concurso de microrrelatos, que debieron pasar adelante a leer sus obras y a sacarse las fotos correspondientes.

Luego de eso vino lo bueno. La razón por la que fuimos a cubrir este evento en primer lugar: la precariedad audiovisual. El cine B. El concurso de micrometrajes.

Divididos en dos categorías (estudiantes y adultos), los participantes debían contar una historia de terror en un máximo de dos minutos. Y como corresponde a un festival regional autogestionado, postergado, reducido y apenas sacado adelante por el esfuerzo ad honorem de sus organizadores, la mayoría de las obras estaban hechas sin ni un peso y sin más pretensiones que la de pasar un buen rato en su realización.

En los diecisiete micrometrajes presentados abundaban las heridas grotescas, las risas macabras, el canibalismo y los screamers, y no creo exagerar si digo que la mitad de ellas terminaba con el villano corriendo hacia la cámara para matar al protagonista. En la categoría de enseñanza media, los personajes eran asesinos vestidos de uniforme escolar y los escenarios iban desde la cancha del colegio hasta el patio de una casa.

En la categoría adultos habían algunas obras de factura mayor, que por razones obvias terminaron por ser las ganadoras del concurso. Pero si me preguntan a mí, eran aquellos productos exquisitamente precarios los que mejor lograban capturar la esencia del cine de terror.

¿Cómo comenzó Sam Raimi si no como un estudiante que hacía cortometrajes de bajo presupuesto con sus compañeros de universidad? ¿No son las primeras películas de Peter Jackson consideradas de culto precisamente por el gore absurdo que desvía la atención de una trama aún más absurda?

El cine de terror siempre ha transitado por la delgada línea que lo separa del humor, y a menudo las mejores cintas del género son aquellas que ni siquiera se toman en serio a sí mismas y caminan mano a mano con la parodia.

Por eso FICTA fue tan la raja. Porque lo importante no es solo servir de plataforma para futuros cineastas o escritores, también es importante que exista un lugar para que gente de lugares tan alejados del circuito cinematográfico como Freirina pueda dar rienda suelta a su creatividad y a sus más oscuros fetiches, aún si la calidad técnica es pobre o los actores ríen mientras dicen sus líneas.

Una vez que terminó la exhibición de micrometrajes, las luces volvieron a encenderse y Claudia Latorre, la directora del festival, fue invitada al escenario para dar las gracias al público por asistir a la que se espera sea la primera de muchas ediciones de FICTA que vendrán en el futuro. En Plan9 esperamos ansiosos que así sea.

Comenta o muere

Remedo de periodista. Fanático del terror en todas sus formas y lector furioso. Tendiente al pánico por la acumulación de libros apilados en el velador y películas sin ver en el disco duro.