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El Infinito

Plan9 Agorex: Un cuento de Navidad en Malloco

24 diciembre, 2014

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Plan9 Agorex: Un cuento de Navidad en Malloco

Atardecer en tonalidades sepia, saturados ruidos de midi de pascua musicalizan el ambiente, y un enorme pino navideño de cartón corrugado, como zénit protector y vigilante, observa a los visitantes de la plaza de Malloco. Bajo el manto de este árbol ficticio, perezoso descansa un simpático obeso mórbido caracterizado como San Nicolás. Como siempre, me aproximo sigiloso, aguardo unos segundos, y avanzo con determinación felina hacia mi entrevistado, Pascual Illanes.

Estimado, don Pascual ¿Cómo está?

Gesto reprobatorio, acto seguido respuesta: “equivocado, señor. Mi nombre es viejito pascuero, jojojojojojo”. Entiendo, me hago cómplice del juego de inmediato. Respiro tranquilo, al fin una entrevista normal. Me dispongo a iniciar mi labor como recopilador de historias urbanas. Cuando de la nada, un sujeto vestido de rojo, con botas y gorro rojo, y con una prominente barba, se acerca a máxima velocidad: “así, te quería pillar, viejo conchetumadre”.

Una vez más, y sin quererlo, me encuentro en el ojo del huracán. Por un lado, un sujeto de unos cincuenta años, vestido como viejo pascuero, dueño de un sobrepeso grosero, agita su cuerpo como una pirinola, al tiempo que grita improperios a su colega. El otro contendiente, un viejo pascuero bastante más roído, de mayor edad, y de una estatura elevada, le responde con epítetos de grueso calibre. En esta oportunidad, por mi seguridad, y también por dignidad: prefiero mantenerme al margen de la trifulca.

Mientras ambos titanes colorados se enfrentan en una efusiva discusión, como castigo perpetuo se repite la cansina melodía de feliz Navidad, en una versión de José Feliciano, pero en una nefasta adaptación midi. El salto de discusión a conato es inminente, y cada vez son más los espectadores que se agolpan en la plaza de Malloco para observar este curioso evento deportivo, hasta que una dama regordeta y de colorada tez, interviene:

Escuchen par de viejos hueones, por favor, dejen de hacer el ridículo y solucionen sus problemas en otro lado. Para colmo de males, miren la cantidad de niños en la plaza, recuerden que son los viejos pascueros. Y tú pascual, deberías sentirte avergonzado, eres el viejo pascuero oficial de la municipalidad.

¡Se nos enojó, señora Claus! grita un púber, y es correspondido con la risa de los comensales.

La señora suspira, ay señor…

Los ánimos se calman, la tormenta pasó. Converso con ambos pascueros. El sujeto que llegó gritando improperios, no es otro que Diego Sepúlveda, otrora viejo pascuero oficial, pero despedido del cargo por su incontrolable afición por la bebida.

Señores, vine a la plaza de Malloco para entrevistar al querido san Nicolás, el viejito pascuero. Sin embargo, me encuentro con dos furiosos señores vestidos de rojo, podrían hacerme el favor de limar asperezas en otra ocasión, y ahora conversar conmigo. Puesto que ambos están vestidos como embajadores de la Navidad, quería preguntarles:

 ¿Cuál es el significado de esta festividad?

Pascual Illanes: No señor. Jamás me prestaré para este show mediático, viejo pascuero hay uno, y los demás son imitaciones. Exijo responder esta entrevista yo, y el otro sujeto se puede ir a su casa.

Diego Sepúlveda: Mira traidor, yo soy el viejo pascuero histórico de esta comuna. No me quedaré de brazos cruzados mientras un wea me roba mi vida, porque eso me estay robando, weón: mi vida.

Caballeros, por favor, no empecemos otra vez, dialoguemos como gente civilizada.

Diego Sepúlveda: Yo soy el viejo pascuero, y lo puedo comprobar, porque tengo un reno, Rodolfo el reno. Venga Rodolfo, Rodolfo.

Detrás del pino de Navidad, aparece un quiltro bastante elegante y esbelto, recuerda la figura de los galgos, pero definitivamente no es un reno.

Diego Sepúlveda: ¿Vieron?, acá está: Rodolfo, el único reno de Navidad.

Pascual Illanes: Hueón tarado, ese no es Rodolfo el reno, es Chocolito, el perro que vive en la Plaza de Malloco, tonto weón.

Diego Sepúlveda: Si es por eso, tú eres el guardia de la municipalidad, guatón amanerado. Estamos en navidades, y por eso, gracias a la imaginación de los niños, este simpático perrito, ahora es Rodolfo el reno navideño.

Pascual Illanes: Bah. En todo caso, quién dice que Rodolfo es tuyo, con qué autoridad te adueñaste de Chocolito.

Diego Sepúlveda: Mira, deja al perro decidir quién es Santa, después de todo, los perros son los jueces más honestos.

En una dinámica bastante absurda, incluso para una película noventera de Nickelodeon, cada viejo pascuero se alejó en dirección contraria, y el perro quedó al medio de la plaza conmigo. Ambos caballeros colorados gritaron llamando al perro, sin embargo, el can Chocolito, prefirió mantenerse junto a mí, royendo un hueso que tenía oculto por ahí. Luego de largos (y particularmente patéticos) 10 minutos, ambos hombres se dan por vencidos, y dejan al perro tranquilo.

Me siento observado, y planteo saldar la polémica en un lugar más íntimo. El señor Sepúlveda, propone el bar y chichería: Duende Verde. El camino hacia el expendio es una tortura, obligado por los viejos pascueros a calzarme un gorro rojo de duende, “para formar parte del club”; junto a los viejos, soy víctima de burlas de los transeúntes: “aweonao, fleto culiao”; entre otras peores.

Tras un largo peregrinaje llegamos al bar. Al entrar al horripilante local, las viejas miradas de los ancianos comensales del tugurio se posan en nosotros, pero sólo por un segundo. En el Duente Verde, han pasado cosas más extrañas. Pascual Illanes saca su raspada voz: “Tres Pilseners, por favor, Guatona Candy”. Y un gordo travestido responde: “ya, guatón ridículo”.

Al ratito, llegan las cervezas. Los hombres tienen oficio para tomar, succionan la cebada industrial, como una abeja el polen en primavera. Finalmente, tras un largo peregrinaje navideño, puedo sacar mi libreta, y disparar las preguntas que tengo garabateadas en mis fieles hojas de roneo:

Ah, la calurosa Pascua, ¿Cuál es el objeto de esta festividad?

Pascual Illanes: Tenemos que recordar el espíritu de las navidades pasadas: uno puede tenerlo todo, pero si no tiene el corazón limpio, entonces, nada tiene. Creo que debemos recordar esos valores, saber que el amor debe ser lo más importante, como dijo el Papa.

Diego Sepúlveda: Es fácil decir eso cuando tienes el poder de las instituciones como respaldo. La Navidad es una pasión, es mi pasión. Pero se ha institucionalizado, se vendió al sistema. Es una pena, las guirnaldas de color, las luces en la plaza, el colorido pino de Navidad…

Pascual Illanes: Te pusiste soñador, Diego, sabías que las cosas eran así. Te niegas a dejar el manto, pero el mundo ha cambiado, y la cruel vorágine de la vida no perdona: estás obsoleto, como tus aperos de pascuero.

Diego Sepúlveda: Olvidaste tan fácil a tu mentor, yo que te enseñé lo que es la Navidad. El dinero lo puede todo, al parecer. La gente llena sus árboles navideños con costosos regalos; los calcetines, llenos de golosinas. Al final del mes, no sólo su billetera está vacía, sus almas han sido consumidas también por el mercadeo.

Quiere decir, regalar cosas materiales es algo ajeno al espíritu navideño, ¿no?

Pascual Illanes: Uno puede dar regalos, pero debe dar amor, eso es lo más importante.

Diego Sepúlveda: Así es, dar amor. Regalar, no robar. No quitar. ME ROBASTE MI VIDA, MATASTE AL ESPÍRITU SOÑADOR QUE VESTÍA DE ROJO Y BLANCO DURANTE DICIEMBRE.

Pascual Illanes: Amigo, usted llegó curado a cada presentación navideña, usted bebió hasta más no poder. El manto es una responsabilidad que usted ultrajó.

Bueno, bueno, calma. Recordemos que la navidad es una costumbre mundial, pero guarda estrecha relación con el catolicismo, ¿Cuál es el vínculo de esta tradición con la religión?

Diego Sepúlveda: El día que nació el Jesús, fue el mismo día que san Nicolás. Por lo cual, no obstante lo anterior, este último decidió regalar presentes a los más necesitados.

Pascual Illanes: Equivocado, señor. Las navidades están vinculadas a las sagradas escrituras por un hito en particular, verá: al señor Jesucristo, los reyes magos, le llevaron muchos regalos. El negrito le llevó oro, y los demás otras cosas. Ahora, nosotros les regalamos a los niños del hogar de menores un montón de presentes, entre las cuales destacaré: legos, muñecas monster jai (sic), figuritas de la doble be efe, entre otras cosas.

Si las navidades guardan relación con el niño Jesús, ¿Qué monos pinta el viejo pascuero en esta festividad?

Pascual Illanes: El “viejito” es una figura de fantasía, pero basada en hechos reales. Y en este caso particular, la municipalidad, bajo la administración actual del señor alcalde, dispuso la presencia del querido viejo, en el cuerpo de este servidor.     

Diego Sepúlveda: Guatón, politizaste la Navidad, di la verdad. Como tu alcalde es pinochetista, me botaron a mí, y te dejaron a ti.

Pascual Illanes: No seas chanta. Recuerda cuando yo era guardia del minimarket, y la vieja que teníamos como alcaldesa, la vieja roja, me echó cagando por mis colores políticos. Ahí no había problema con politizar la Navidad, ¿cierto? Tengo que alimentar a tres cabros chicos, y pagarles la pensión a mis otros dos cabros, del matrimonio con la Marilyn. No me vengas con weás. Guatona Candy, más cerveza, por favor.

Detengo la grabadora. Este debate no puede continuar, menos considerando el propósito de esta malograda entrevista. En cambio, las cervezas siguen fluyendo como elixir conciliador en la mesa donde estamos sentados. Al rato, no importan las tendencias políticas, el pasado, los problemas conyugales, la religión o el sexo; lo único importante es la amistad, que se materializa en cada brindis, en cada palabra y risa que acompaña esta alegre tertulia. Con el paso de las botellas, más comensales se suman a nuestra mesa, compartiendo el brebaje, y lo más importante, condimentando la noche con más anécdotas, bromas y risas. Por cierto, soy objeto de burla constante por el ridículo gorro que tengo en mi cabeza.

Más?
Cabros, no quiero asustarlos, pero parece que Don't Hug Me I'm Scared volverá

Todo bien, hasta que suena el popular “Tucanazo”, que es el ringtone del celular de Pascual:

Pascual Illanes: ¿Alo?

Señora Claus: ¡¿Pascual, dónde mierda estás!?

Pascual Illanes: En el Duende Verde, tomándome unas cervecitas con los muchachos. Algo piola, ¿por?

Señora Claus: No puedo creerlo. Pensé que eras más serio, Pascual. Este viejo curado del Diego te llevó pa’ allá, pero no por eso debías tomarte hasta las molestias. Sabes que los niños del hogar te están esperando para el show navideño. Chao nomás.

Silencio total. Silencio incómodo. El rostro petrificado de Pascual, comunica el mensaje: se estropeó la Navidad. En la mesa, nos miramos unos con otros, sin saber qué decir. Hasta que el muy obeso y sudoroso señor Illanes, mirando fijamente a los ojos de Diego Sepúlveda, señala:

Pascual Illanes: Conchetumadre, el show navideño. Todo por tu culpa, viejo culiao, voy a dejar a los niños del hogar sin regalos.

Diego Sepúlveda: No podís rendirte Pascual, el espíritu navideño es confiar que todo se puede hacer realidad. Y eso vamos a hacer.

Pascual Illanes: Cómo cresta voy a llegar al hogar de menores, además, los regalos están en mi casa, al otro extremo de la comuna. Por la chucha, la cagué, ni siquiera tú las cagabas tanto.

Diego Sepúlveda: Hermano, en eso los pascueros estamos juntos. Y aprovechando que somos tres pascueros, vamos a trabajar en equipo.

 ¿Tres?

Diego Sepúlveda: Ya cauros, manos a la obra, vamos a salvar la Navidad. Pascual, basta de lamentaciones; llegó el momento que organices la brigada pascuera, ¡vamos!

Pascual Illanes: Cabros, la contienda es desigual, pero nunca se ha rendido el pascuero, y esta no será la ocasión para hacerlo; y si muero, mis duendes sabrán cumplir con mi deber. Guatona Candy, llévame en tu motoneta hasta mi casa, para buscar los regalos. Ustedes dos, vayan corriendo hasta el hogar de menores, entretengan a los niños mientras llego con los obsequios.

Guatona Candy: Estás más hueón. Yo tengo que atender el boliche, además, no creo en el viejito pascuero.

Pascual Illanes: Mira, gordo maricón, me debes más de una; además, el periodista dijo que te realizaría una entrevista para la tele (o el internet) si colaborabas con la causa. Ya pos, gordita linda, juégatela por los niños.

Guatona Candy: Bueno, ya. Pero después quiero mi conferencia, quiero decir, entrevista.

Diego Sepúlveda: Basta de charlas, manos a la obra. Duende, vamos rápido, tenemos que llegar hasta el hogar.

Los equipos se separaron: por un lado, Pascual Illanes, el viejo pascuero institucional, junto al barman travestido del Duende Verde, la exótica Guatona Candy; el otro equipo, Diego Sepúlveda, el otrora viejo pascuero de la comuna, junto a mi persona. Dejamos el local. Para ser honestos, el hogar de menores queda relativamente cerca. Todo está relativamente cerca en esta comuna. Sin embargo, la dificultad aumenta si tienes ciertos grados alcohólicos en tu cuerpo. Lanzados en una carrera frenética contra reloj, una vez más, fuimos blancos de los insultos de escolares y ociosos que están de vacaciones: uuuy, corran como hombres, hijos de la come neoprén”; entre otros peores.

Finalmente, demostrando un óptimo estado físico, llegamos al hogar de menores.

Mientras entrábamos al hogar, Diego Sepúlveda gritó la tradicional frase que durante tantos años protagonizó:

¡Hohohohoho, feliz Navidad a todos!

Inmediatamente, los rostros, llenos de alegría e ilusión, de los niños giraron en dirección nuestra. Sus muecas de felicidad, para mí, fueron reconfortantes. Sin embargo, la cara molesta de la señora Claus y los rostros serios de los funcionarios del hogar, me devolvieron a mi estado anterior de nerviosismo.

La acción ocurría en el living del hogar. Un espacio pequeño, escasamente iluminado, con un par de sillones y unas cuantas sillas. Una mesita de centro, y en un rincón, un desguañangado pino de pascuas. 30 niños, de distintos sexos y edades, miraban expectantes, aguardando una pequeña alegría, para menguar, aunque sea un poco, tantas dificultades.

Diego Sepúlveda: Mis pequeños, saben quién llegó, eso lo sé por sus caritas. Soy el viejito, y les tengo muchas sorpresas.

Niños: ¡VIVA, YUPI!

Diego Sepúlveda: Pero antes de los regalos, tengo un cuento que contarles…

Niños: ¡Buuu, fome, queremos los regalos!

Diego Sepúlveda: Calma, calma. Antes de los engañitos, tengo un amigo que presentarles, el duende más grande del mundo, el señor David el gnomo.

Niños: ¡buuu, qué mula! Queremos los regalos mejor.

Hola niños, les tengo un entretenido chiste: ¿Cuál es el colmo de Santa Claus? Rehusar bajar por la chimenea, pues tiene “Claus”- trofobia.

Niños: Cállate tarado, malo tu chiste.

Señora Claus: ¡Basta! Ustedes, no tienen ningún derecho de jugar con la ilusión de los niños. Menos tú, Sepúlveda, borracho y flojo. Váyanse, de lo contrario llamaré a la fuerza pública.

Niños: ¿Y nuestros regalos?

Señora Claus: Lo siento, pequeños, este año sólo tendrán cena. Los regalos, lamentablemente, no llegarán.

La cara de decepción de los niños fue lapidaria. Perdí las ganas de participar de este absurdo, y decidí salir del hogar. Sin embargo, Diego Sepúlveda, contrario a los deseos de la señora Claus, se mantuvo en el living del hogar de menores, estoico. Los funcionarios del hogar, molestos con la porfía del roído viejo pascuero, decidieron sacarlo por las malas, no obstante…

El torpe sonido del motor de un vehículo, acompañado de un grito calmó el ambiente:

¡Jojojojo, feliz navidad a todos!

La particular voz de Pascual Illanes retumbó por cada rincón del hogar. Los niños se miraron unos a otros, ilusionados en parte, pero al mismo tiempo, incrédulos. Diego Sepúlveda, sonrió. La Navidad se había salvado.

El simpático perro Chocolito, con una gorra navideña y con una nariz roja de plástico, entró al hogar de menores, dando saltitos por todos lados. Los niños rieron, y abrazaron al can. Acto seguido, apareció por el portal del hogar, Pascual Illanes, el viejito pascuero. Llevaba, sobre su hombro derecho, un enorme saco, atiborrado de regalos para los niños. Secundando al pascuero, el travestido, Guatona Candy ingresó con otra gigantesca bolsa, también llena de presentes.

Poco a poco, el semblante molesto de la señora Claus se fue borrando de su cara. Mientras, los niños abrían con ilusión los moños de sus obsequios. De reojo, observé como ambos viejos pascueros se daban un abrazo sincero, poniendo punto final a sus diferencias, y sellando con final feliz la Navidad.

Así como los atletas se pasan el testigo unos con otros, ser protagonista del cambio de banda me llenó de emoción. Y más allá del manto rojo, cada uno de nosotros tiene una envestidura invisible, y es nuestra responsabilidad asumir el rol de viejito pascuero, llegada la circunstancia. La Navidad es sobre un montón de cosas, pero cada día es más difícil saber qué es la Navidad, difuminar el vaho publicitario que dejan las grandes tiendas con su afán de vender más, es muy complicado; sin embargo, si por un momento podemos resistirnos a esa sugestiva publicidad, y logramos resumir el gigante concepto navideño en un solo gesto, querría celebrar la Navidad de esta forma: con un abrazo a las personas que amo. Bueno, tengo derecho a ponerme sentimental, la culpa la tienen los años.

Finalmente, quiero aprovechar mi humilde plataforma para dedicarle, a todos mis amigos y conocidos, un abrazo: esa es la Navidad.

 

 

 

 

 

 

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