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On body and soul: Historias de amor desde el matadero

Mente y cuerpo. Y Mente. Y cuerpo.

«Nuestras percepciones del mundo externo están habitualmente envueltas por las nociones verbales conforme a las que pensamos. Siempre estamos tratando de convertir las cosas en signos para las abstracciones más inteligibles. Pero, al hacer esto, robamos a estas cosas buena parte de su ser natural. En los antípodas de la mente estamos más o menos libres del lenguaje, fuera del sistema del pensamiento conceptual”. 

El párrafo anterior no fue escrito por un cochino autor New Age ni por un conspiracionista con sombrero de aluminio, sino por Aldous Huxley, un filósofo y novelista inglés conocido en el mainstream por su obra Un Mundo Feliz, una oscura distopía en la que imaginaba un futuro terroríficamente parecido al mundo en que vivimos hoy.  

Sin embargo, en el ambiente underground del Estados Unidos y la Europa de los sesenta, Huxley alcanzaba el estatus de ícono por un ensayo que había publicado en 1954 y que resumía, desde una perspectiva filosófica y científica, la esencia de la contracultura y el movimiento hippie.

En Las puertas de la percepción, Huxley narraba la experiencia que había tenido con la mescalina, el principal agente psicodélico del peyote, luego de haberlo consumido bajo la supervisión de su doctor y su esposa con propósitos, según él, “puramente investigativos”. Le creamos o no, el caso es que el profe se fue en un viaje profundísimo y terminó deconstruyendo el lenguaje, el espacio-tiempo y las mismas ideas sobre lo real y lo imaginario. 

Su conclusión fue que la realidad es tan infinitamente inabarcable y sobrecogedora que para el ser humano resulta imposible percibirla en su totalidad. Por lo mismo, nuestros cerebros filtran aquellos aspectos del mundo exterior que no son esenciales para la supervivencia y, como resultado, terminamos viviendo en un aburrido mundo limitado por los sentidos y constreñido por el lenguaje. 

La distinción entre el mundo material y el mundo de las ideas no es nueva. Mucha agua ha corrido bajo el puente desde que los antiguos griegos plantearan este problema por primera vez. Hoy vivimos en una sociedad globalizada e hiperconectada a través de las redes sociales. En teoría, podemos comunicarnos con cualquier persona en cualquier parte del mundo utilizando solo un diminuto computador que cabe en la palma de nuestras manos. 

Y, sin embargo, la incapacidad del ser humano de expresar su mundo sensible sigue siendo un tema irresuelto, que se hace aún más frustrante al vernos rodeados por las más modernas tecnologías de comunicación. El lado positivo de vivir en la era de la cultura de masas es que al fin podemos abordar estos temas en obras destinadas a consumo masivo, como la música, los cómics y el cine. 

On body and soul es una película que trata de manera especialmente cruenta estos problemas. Ganadora del Oso de Oro en el Festival Internacional de Cine de Berlín, esta cinta húngara cuenta la extraña conexión que surge entre dos trabajadores de un matadero de Budapest: Mária y Endre.

Ella, supervisora de calidad, tiene claros problemas para relacionarse con el resto y pronto se convierte en blanco de burlas y acoso laboral. Él, encargado de finanzas, es tullido de un brazo y parece haber renunciado hace tiempo a generar cualquier vínculo emocional con el mundo. Con motivo de un robo en la empresa, ambos descubren que llevan tiempo encontrándose en sus sueños. 

Sobre cuerpos y almas

Limitados en la realidad por sus malogrados cuerpos y sus nulas habilidades comunicativas, Endre y Mária adoptan en sus sueños la forma de ciervos, que vagan por los bosques uno al lado del otro en busca de arroyos y hojas secas para alimentarse. Bajo la apariencia de animales, se ven al fin liberados del lenguaje y son capaces de comunicar sus sentimientos mediante el temido contacto físico. 

Este miedo es particularmente cierto en el caso de Mária. La película nunca lo dice de manera explícita, pero se da a entender que su personalidad se encuentra en algún punto dentro del espectro autista, razón por la cual le resulta imposible tocar a los demás. Gran parte de la cinta está dedicada a sus intentos por comprender su entorno y a las personas que la rodean, lo que da pie a incómodas escenas que a ratos hacen reír y en otros dan un cringe tremendo.

Al igual que Mária, Endre también ve limitada su vida emocional por las barreras que le impone su cuerpo. La atrofia de su brazo le dificulta realizar actividades básicas como cocinar y vestirse, lo que termina por convertirlo en un hombre amargado y lleno de frustraciones. 

Desde los primeros minutos queda claro que el tema que preocupa a su directora, Ildikó Enyedi, tiene que ver con lo imposible que resulta comunicar efectivamente nuestros sentimientos. Sus personajes sienten el cuerpo como una prisión que les impide conectar con otros, aun cuando esos otros probablemente tienen los mismos temores y trancas sociales que ellos. 

Durante la noche, en sus sueños, Mária y Endre comparten un mundo rico en emociones y sensaciones. Pero en el día, cuando llega el momento de expresar verbalmente esa conexión, no alcanzan las palabras para describirla. Y es que comunicar el mundo interior es y será siempre imposible. La realidad es infinita, nuestra percepción de ella, inabarcable. Y las palabras son limitadas. 

No es casualidad que los protagonistas adopten en sus sueños la forma de ciervos. Existe en la película una nostalgia por el pasado primitivo, cuando hombres y mujeres estaban más cerca de lo animal que de lo humano. La comunicación adoptaba entonces las formas más variadas, lejos del reduccionismo verbal de nuestra mente analítica, que encierra la realidad entre las paredes del lenguaje y la palabra. 

Tampoco es casualidad que la película se desarrolle en un matadero. Cualquiera pensaría que un lugar donde se mata, se desangra y se destripa en serie a pobres animales que no llegan a ver nunca la luz del sol sería el PEOR lugar donde situar una historia de amor. Y esto es cierto en lo que se refiere al aspecto romántico de la película, pero la decisión de poner un matadero como telón de fondo tiene por objetivo profundizar las diferencias entre el mundo material y el mundo sensible. 

Los sueños de Endre y Mária se desarrollan en apacibles y solitarios bosques, donde están libres de todo juicio social y pueden dar rienda suelta a sus instintos y emociones. El matadero, por otro lado, es un lugar frío y aséptico, que exige a los empleados suprimir sus emociones y enterrar cualquier atisbo de compasión. 

Queda claro que el mensaje de Ildikó Enyedi es el mismo que ha preocupado a la humanidad desde que fuimos capaces de analizar nuestro pasado y nos dimos cuenta de cómo la pifiamos al salir de las cuevas y los valles. Buscando el progreso del mundo material, nos encerramos en ciudades, conceptos y categorías sociales que terminaron por limitar nuestra percepción de la realidad y reprimir nuestro mundo interior. 

On body and soul no es la primera ni será la última cinta que aborde estos temas. Pero sí lo hace desde una perspectiva distinta y mediante personajes atípicos que necesitaban hace tiempo representación en la gran pantalla.

Tampoco es una película perfecta: tiene algunas subtramas que parecen no llevar a ningún lado y su ritmo puede hacerse pesado durante los primeros treinta minutos. Pero sigue siendo una experiencia intensa que merece las dos horas de atención, aunque solo sea por su capacidad de lograr sacar risas, lágrimas y gritos de horror a partes iguales.

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Remedo de periodista. Fanático del terror en todas sus formas y lector furioso. Tendiente al pánico por la acumulación de libros apilados en el velador y películas sin ver en el disco duro.

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