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Marrowbone: Un gran intento de romper el paradigma

19 agosto, 2018

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Marrowbone: Un gran intento de romper el paradigma

Llevar a cabo una ópera prima en la dirección cinematográfica siempre tiene un riesgo latente pero asumido: El fracaso absoluto.

Aquello, especialmente cuando se trata de un debut en el asiento de director en un género tan complicado y desafiante a la vez como el terror, donde las maquetas artificiales, los estereotipos, la sobreexplotación de screams y las fórmulas refritas están a la orden del día para quién desee surcar y aprovecharse en la actualidad.

Lo anterior es la principal barrera que tuvo que sobrepasar el español Sergio Sánchez, concretando su primer trabajo dirigiendo un largometraje (ya lo había hecho con el corto “7337” en el 2000) y no en la labor de guionista, siendo habitual escucharlo en cintas como “El Orfanato” o “The Impossible”, en conjunto a J.A Bayona, cineasta ahora posicionado como productor ejecutivo, lo que verifica y evidencia con esta nueva propuesta, reciclando muchas ideas y añadiendo tintes del terror psicológico ochentero.

Marrowbone” tiene por nombre el thriller que, afortunadamente, rompe con el paradigma del “Horror Film” actual, tarea bastante enmarañada cuando se habla de presupuestos incomparables a “The Conjuring” o aberraciones como “Lights Out”, y a una cartelera repleta de suspenso verdaderamente paupérrimo si de guion, efectos especiales y dirección se habla.

Sin embargo, el filme logra transmitir la esencia de la trayectoria artística de Sánchez, mostrándonos que un acertado terror no tiene que estar representado en sustos fáciles, una historia fácil de digerir ni mucho menos en una publicidad agobiante o que cause mucha expectativa, quedando en un pésimo resultado (fuck Annabelle).

Sergio Sánchez nos trae el relato de la familia Marrowbone, quienes debido a razones inexplicadas se trasladan a vivir a Estados Unidos en 1969, en el viejo hogar donde vivía la madre de cuatro jóvenes, escapando de un evento violento en Inglaterra; esta familia oculta un secreto que tan solo ellos y específicas personas conocen, lo que tiene que ver con un padre, al parecer, más malvado de lo que parece.

No obstante, luego de conocer a Allie (Anya Taylor-Joy) y de la muerte de su madre, todo empieza a cambiar y se descubrirá la verdadera historia de esta familia que muchos creen extinta.

Debo ser bien honesto: Fui a ver la película sin ninguna expectativa. De hecho, hasta sentarme en la butaca esperé a que la hora y cincuenta minutos de duración ojalá valieran la pena. Vaya que valieron la pena.

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La premisa en el primer arco argumental que nos proyecta Sánchez es bastante asiduo a lo que viene construyendo con Bayona: una amalgama de elementos que confluyen con armonía, jugando al terror en una tétrica casa (con tintes de novela gótica) con un pasado lúgubre y oscuro, una familia rara y repleta de secretos; ocasiones paranormales provocadas por un fantasma que reside en el lugar.

Parecía ser otra película para el olvido, sinceramente.

A medida que trascurre el relato, las preguntas se van acumulando, las incongruencias narrativas se evidencian aún más, y como dijo un tipo en la sala: Qué fome se está poniendo la película. Yo pensaba: “Tampoco es tan mala, al menos apela un poco a la originalidad”.

Sánchez, al contrario de lo predicho, en su labor como guionista desarrolla minuciosamente en el segundo arco de “Marrowbone” la esencia de cada personaje y las comparecencias de los porqués del relato. No deja nada al azar ni a ningún personaje menoscabado ni sobrante; construye cada escena sin caer en los recursos básicos del terror contemporáneo; demuestra una exacta ilación en el guion, sin entregar detalles innecesarios y, muchas veces, patéticos.

Sin embargo, los “leitmotivs” frecuentes de Sánchez en su rol como guionista fueron trasladados a la cámara: la devastación familiar, la incertidumbre del futuro, la reconstrucción del hogar, donde la moralidad y la inocencia infantil no existen y no son detenimientos para las antagónicas fuerzas sobrenaturales. Esto, sin duda, mata la creciente ola de originalidad.

La usanza, casi indómita e inherente, de Anay Taylor-Joy en este género del séptimo arte, es un punto fundamental en el largometraje, lo que le da un sabor más dulce y creíble. Es más, su personaje, Allie, exfolia la seriedad y atrevimiento que implantó en The Witch (hasta hoy insuperable), y revive, apelando a un extenso racconto, una relación cercana con una persona que padece “Trastorno de personalidad múltiple” o “de identidad disociativo” (¿les recuerda a algo?).

Todos sabemos que una película sin una exacta banda sonora, con melodías que están en línea con el trayecto del filme (no le hagan bullying a Suicide Squad, por favor), no es audiovisualmente muy eficiente y no le da sentido a lo que nos están contando. No obstante, que Sánchez haya traído consigo a la Orquesta Filarmónica de Asturias (del “pueblo” donde nació) para su ópera prima es un acierto categórico.

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Violines y vientos ondulan en concordancia con cada momento de la narración, sin caer en los avisos premonitorios del miedo. No es monumental ni mucho menos una banda sonora memorable, pero aplica lo correcto para un buen desarrollo emocional.

Ese desarrollo emocional se alinea perfectamente con la base del guion, mostrando el lado más radical, visceral, pecaminoso y primitivo del ser humano y sus desastrosas consecuencias, con acciones que mientras son dilucidadas, generan una empatía inmediata con los personajes, sobre todo con Jack (George MacKay), pero queda solo en eso: empatía.

Pues bien, el título versa: Un gran intento por romper paradigmas. Claro, hemos visto en los últimos cinco años que el thriller, suspenso y el terror han curtido a la audiencia  un vaivén de calificaciones tanto negativas como positivas, lo que denota una falencia que es transversal en la industria de hoy: la falta de ideas. Tópico que con inteligencia el director destiñe en su trama y le da un aire fresco al género, limpiando un poco el mal llamado “cine de masas”.

Sánchez, indudablemente, se la jugó. “Marrowbone” distancia los esquemas de las productoras que, año a año, definen que para ellos una retahíla de sustos, saltos exagerados al borde de la butaca y screamers que fatigan la experiencia son un plato seguro para llenarse los bolsillos. Sergio Sánchez expuso que están muy, pero muy equivocados.


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