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En los brazos de Morfeo: Cómo me fue cuando consumí morfina

23 abril, 2017

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En los brazos de Morfeo: Cómo me fue cuando consumí morfina

Morfeo, el dios del sueño. El poeta romano Ovidio lo describe en una cama de ébano dentro de una cueva poco iluminada, rodeado de flores de adormidera con efectos sedantes y narcóticos.

Cambiemos la cama de ébano por un colchón y me tienen, al igual que la divinidad grecorromana, sumido en un sueño inducido por estupefacientes.

Pero antes de todo, el relato merece una contextualización.

No es ajeno a nadie el extraño ser que es el humano. Nunca conforme con sus circunstancias iniciales. Desde tiempos remotos usaba las propiedades de la adormidera. Una planta mágica, por supuesto, hasta que la razón primó y despejó el velo: la planta no era mágica, sino que analgésica y antihemorrágica.

 

Conociendo el antecedente se le ocurrió aislar de la planta la morfina, su componente principal.

Friedrich Sertürner fue el primero en 1809 y pronto la empezó a comercializar como analgésico. Una revolución en la medicina. La morfina es capaz de aliviar el dolor más intenso. Salvemos a los soldados amputados entonces, a los heridos en batalla, a los que no aguantan el dolor.

Ciegos como siempre no sospechaban que dosis continuadas de felicidad, de placer, de alivio y de hedonismo son potencialmente peligrosas.

Muy poco sabíamos de lo anterior cuando nos dirigíamos a San Felipe a comprar las ampollas. El vendedor era un enfermo de cáncer, un tipo que disponía de su medicina para el lucro. Él quería dinero, nosotros su producto. Un intercambio válido en una sociedad de libre mercado.

La compra-venta se producía una vez al mes cuando nuestro distribuidor contaba con las unidades suficientes.

Su llamado era un llamado de la selva. Nos volvía primitivos, básicos. Al igual que el perro de Pavlov que salivaba ante el sonido de la campana, nosotros ante su llamado empezábamos a sudar frío, se nos tensaban los músculos y las manos a temblar.

– Te pondré 25 ml no más weón, es tu primera vez. Qué paja si te pasa algo. ¿Y tú cuánto te pones? Puta 50, a veces 100. Ya, dale. Aprieta con fuerza, qué chucha tu vena ¿no la tienes? Supongo que sí. Ya, listo. Acuéstate y no te muevas mucho

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Es difícil explicar el efecto inicial. Es como explicar a alguien qué es el orgasmo sin que haya tenido sexo. El lenguaje limita. Pero siendo simple: es un golpe de placer traducido en un calor que recorre la mayoría de tu cuerpo.

Enseguida te entregas a los brazos de Morfeo, un adormecimiento placentero donde se confunde el sueño y la realidad. El cigarro se vuelve placentero, la música es placentera, la conversación es placentera. La vida es placentera. No te importan las jeringas que dejaste en el suelo ni la colilla que se consume en tu boca. En ese momento nada importa o sólo importa una cosa: que el efecto no acabe pronto.

Haciendo caso omiso a las instrucciones de mi “enfermera”, le insistí que me pusiera 25 ml más, argumentando falsamente que no había sentido nada. Y luego vomité escandalosamente. Me despedí de ella porque el espectáculo se volvió deprimente.

Pero el hábito hace al monje.

Después de un tiempo mi organismo aceptaba la morfina con mayor naturalidad y mayor tolerancia. No eran suficiente dosis de 25 ni 50 sino 100 ml dividida en dos dosis. Tampoco era necesario estar en la habitación. El baño de la universidad era un buen lugar, aunque el movimiento produce náuseas, por lo que es recomendable estar quieto.

Mi amiga se volvió indispensable. Pasábamos días enteros drogados, dibujando, fumando, conversando, soñando despiertos, en un estado de beatitud y profundo letargo.

Aunque no sé si me enamoré de ella. Quizás no. No lo puedo saber con claridad. Porque nada era claro en ese entonces. Todo se difuminaba con la morfa, todo permanecía como un cuadro surrealista.

Thomas de Quincey, en “Confesiones de un inglés comedor de opio” (lo que da a entender que no lo fumaba, sino que se lo comía) exclamó: ”Tú tienes las llaves del paraíso, ¡oh, justo, sutil y poderoso opio!”.

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El hombre exageró. Ojalá que alguien le haya explicado que las llaves del paraíso las tiene San Pedro y no una planta que da sueño. De todas formas, considerando su excesiva pasión por la sustancia, no es sorprendente que Don Thomas terminó luchando en sus últimos días contra la adicción.

La morfina te pasa factura y rápidamente. La abstinencia te hace sentir enfermo, sudas lo suficiente para preocuparte y te lloran los ojos. El cuerpo la pide. Varios de nosotros nos volvimos locos. Estábamos locos desde un principio. Muchos ingresaron en centros de rehabilitación, yo opté por alejarme de forma definitiva.

¿Cuándo una persona se vuelve drogadicta a la morfina?

Después de innumerables pinchazos.

¿Por qué un individuo se vuelve drogadicto?

No lo sé. Quizás sólo hay vacíos que no se pueden llenar.

Lo que sí sé con seguridad es que te puedes rehabilitar, puedes dejar de consumir, pero la jeringa siempre te traerá reminiscencias de una época donde permaneciste sumido bajo un sueño, dentro de otro sueño, dentro de otro sueño….

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