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Joker: ¿Qué aplaudimos cuando aplaudimos?

9 octubre, 2019

Joker: ¿Qué aplaudimos cuando aplaudimos?

“Bueno, tiene mucho sentido para mí. ¿Qué clase de cobarde haría algo tan frío? Alguien que se esconde detrás de una máscara. Alguien que tiene envidia de los más afortunados que ellos mismos. Sin embargo, están demasiado asustados para mostrar su propia cara. (…) Aquellos de nosotros que hemos hecho algo de nuestras vidas, siempre veremos a los que no lo han hecho, como nada más que payasos”

Es Thomas Wayne mientras es entrevistado en un programa de televisión. El hombre al que hemos conocido en diferentes encarnaciones de su ficticia existencia, toda la vida como un adalid de los ricos buenos, un tipo virtuoso que marcó para siempre la incorruptible moral de uno de los superhéroes (y mito) moderno más famoso de occidente, es en realidad, un imbécil.

Un idiota que lanza una monserga moralizante desde su trono de oro, porque se considera un self made man. Porque la gente está desesperada, desamparada, pero es culpa de ellos, porque no han hecho nada con sus vidas. Porque son flojos, básicamente. ¿Suena conocido?

Joker es una fantasía de un hombre enfermo. Un narrador no fiable que acomoda el relato para que tengamos lástima de su patética figura. Todo está diseñado para que nos despierte una compasión infinita su lugar de víctima del sistema. Enfermo, sin talento, amedrentado por compañeros, jefes, humillado por todos, incluso cuando intenta ayudar o ser simpático. Es un hombre desgraciado en el amplio sentido de la palabra, aplastado por la máquina del sistema que ve en él un problema y un número que recortar. Un marginado, que sin embargo no es más que cualquiera de nosotros, en una estructura que ya está hecha mierda. Nadie puede ayudar a nadie, porque nadie tiene nada. O bueno, muchos tienen muy poco, y muy pocos tienen mucho.

Es el peso del mundo sobre sus hombros. El peso que llevamos todos, de alguna manera. Y lo entendemos, nos compadecemos y a esta altura de la película empatizamos con él. Simpatizamos.

Su vida es una mierda absoluta. Está enfermo en demasiados niveles y las personas enfermas merecen simpatía. Fleck es epiléptico gelástico como mencionan algunos expertos. Un tipo de epilepsia caracterizada por estar asociada a malformaciones del sistema nervioso y manifestaciones de trastornos de conducta y que se ve además, reflejada en esa risa enferma y fascinante que tiene de manera incontrolable cada vez que está bajo estrés.

Un trasfondo médico documentado que acerca al personaje curiosamente, a una perspectiva (no del todo lograda) más profunda de las enfermedades mentales que la clásica, romantizada y manoseada demencia en el cine del psycho killer. Una explicación más terrenal que simplemente caerse en un tanque de tóxicos, sin duda.

Phoenix hace una exploración del problema y lo aterriza en su versión. No es un loco lindo, ni un asesino (de momento). Es una persona con sus propias tribulaciones y una escala de grises mucho más amplia que la del bufón loco

Y en esta nueva concepción de su problema, lo acompañamos un rato. Porque claro, Gotham es un hervidero y un desastre. Está a dos pasos de explotar por cualquier cosa y la élite solo demuestra su incapacidad de  entender realmente qué pasa porque jamás lo harán.

Están desconectados de la realidad y es algo tan común, que hoy tenemos el placer de escuchar a imbéciles como Fontaine diciendo “Quien madrugue puede ser ayudado a través de una tarifa más baja” y al otro idiota de Larraín celebrando la nula variación del IPC con un «Los que quieran regalar flores en este mes, las flores han caído un 3,7%»,  todo, mientras en esta semana nos subieron la electricidad y el transporte público al mismo costo de un litro de bencina. Y tiene la osadía de decirnos que no tenemos humor.

El retrato de Phillips de una elite política y aristocrática es simplón, pero no por eso menos real. No es que los cuicos sean malos. Es que no se dan cuenta de que lo que significa ser cuico y hoy la riqueza de ellos es obscena.

Y, sí, es cierto, la cinta hace un esfuerzo, pobre, pero esfuerzo al fin y al cabo de advertir sobre los peligros de encontrar representatividad en mesías que no son más que agentes egoístas y autocomplacientes que creen tener la razón de todo. Mechas cortas que explotan rápido y presentan supuestas soluciones alternativas al establishment en una moral ambigua pero efectiva. Fleck lo dice: Soy apolítico. No hay una real intensión en sus actos más allá de la liberación propia, pero lo disfruta porque por fin, lo ha hecho ser visto.

Claro, luego lanza una arenga de caudillo hablando sobre cómo todo está horriblemente mal allá afuera, interpela al Murray Franklin de Robert De Niro y le espeta un “¿alguna vez sales del estudio?” mientras (en un breve recordatorio de porqué Lumet sigue siendo un grande) señala que cuando los medios se fijan en la muerte de tres empleados de cuello y corbata, todo el mundo presta atención, pero la gente pasa sobre personas como él, por encima, todos los días y nadie se da cuenta. Arthur no es político, pero Joker sí.

En este punto empatizamos, pero ya no simpatizamos. Lo entendemos, pero lo rechazamos porque, bueno, ya perdió el contacto con la realidad completamente. Y nosotros no estamos locos. O no tanto. Y el Joker ya es el Joker. Y no hay vuelta atrás, porque nosotros ayudamos a crearlo, pero tampoco somos responsables, además ¿quién quiere hacerse cargo de esos problemas? ¿Para eso están las instituciones, cierto?

Déjame que te cuente una historia

Muchos han hablado sobre las limitaciones de Todd Phillips al momento de acercarse a su versión del Joker. Que es burdo, que es una imitación simplona de Martin Scorsese, que pretende profundidad cuando simplemente es efectista, que el personaje está construido en base al shock y no realmente frente a un trabajo de desarrollo emocional. Que es para millenials, o que es cine basura disfrazado de cine arte.  Y en realidad mucho de eso, en menor o mayor grado, es cierto (excepto lo de millenials, desafortunada comparación).

¿Pero es realmente el quid del asunto?  ¿Es Joker una película sobrevalorada? ¿Debería eso importarnos?

Joker es una cinta diseñada milimétricamente. De eso no cabe duda. He leído a varios por ahí que la han denominado una cinta de autor del Hollywood moderno, como si pudiéramos olvidar que aquella industria siempre ha sido una tierra de productores y no de directores. De gente en traje que toma decisiones sobre lo que muchos estudios de mercado dicen, y muy poco sobre lo que los autores realmente quieren contar. Y eso ha sido SIEMPRE así, desde sus inicios en los 30, hasta la misma fundación de la Academia. En Hollywood el productor manda y uno de los productores de Joker estuvo a punto de ser, Scorsese.

No es sorpresa para nadie que Martín Scorsese ungía como productor hasta que su compromiso con The Irishman lo forzaron a dar un paso al costado, así que supongo que toda esa diatriba sobre las bases visuales sobre las que se cimienta lo de Phillips es en verdad un cacareo de vieja culiá, porque si hasta el señor del cine de mafiosos estaba involucrado, algo de valor encontró en la apuesta de Phillips, y creo que es un tema al que vamos a volver más adelante.

Dicho eso, me parece que la peli que no esconde su afán por ser desesperadamente más profunda que otras también basadas en personajes provenientes del mismo medio. Razones puede tener de sobra. Proponen un estudio del villano que desde hace años y por derecho propio, es quizás hasta más interesante que el mismo Batman, porque mientras en uno hay una moral establecida e irrompible adornada con juguetes y poses imposiblemente cool, en otro solo encontramos carisma, un par de chistes bajo la manga, pero por sobre todo, libertad creativa.

Una libertad creativa bien generosa la verdad. El payaso puede ser quien quiera. Y si la versión de Nolan (y por defecto, la de Moore) como ejecutor del caos en Gótica representa algo, es que precisamente su origen puede ser cualquiera. Incluso la de un comediante sin gracia como Arthur Fleck.

El Joker de Phillips es un perdedor, patético que busca la fama y no es gracioso. Un pecado imperdonable dirán, pero justamente eso la vuelve una película interesante: Capitaliza la conocida falta de pasado del payaso para hablar de ciertas motivaciones personales del director y hacer que de paso, sea perfectamente factible como cinta de origen.

Me gusta el caos

«Me gustan las películas sobre tipos que toman malas decisiones» (…) “¿Por qué me gusta eso? Porque las malas decisiones en última instancia conducen al caos. Me gusta documentar el caos. Eso es lo mío. Ya sea GG Allin o grabar estacionamientos en un concierto de Phish o The Hangover u Old School. (…) Hay algo sobre el caos que siempre me ha atraído».

Ese era Phillips en 2016 cuando estrenaba la fallida, War Dogs. Y a tenor de sus palabras, pienso que hay una genuina búsqueda de hablar sobre ciertos temas que le interesan y busca, creo, querer calar dentro del cine como una voz con cierto grado de respetabilidad.

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Phillips viene arrastrando una carrera que una vez salido de su etapa documental, para muchos solo se matricula (y es cierto) en comedias que están lejos de ser sofisticadas. Fraternidades, fiestas, descontrol, sexo y pelotudos haciendo idioteces pueblan la mayoría de sus cintas. Versiones hardcore de National Lampoon, si se quiere, sin embargo no es ajeno a personajes caóticos.

Su debut –para los olvidadizos- fue Hated: GG Allin And The Murder Junkies, una pieza biográfica del mítico cantante que tranquilo no era y que conviven con proyectos más «íntimos» como Frat House o Bittersweet Motel. Todos, exploraciones de sujetos y comunidades que solían/suelen, dejar la cagá por donde pasan.

Por eso cuando vemos su versión de las revueltas sociales de Joker hay muy poco de sutileza. Las protestas del Gotham de Phillips contienen un alto contenido visual del imaginario caótico de una guerra por derechos civiles del USA del setenta. Tiende al exceso, maniqueas, pero no considero que sea algo negativo, después de todo hablamos de un personaje nacido en un cómic. Un poco de espectacularidad no le hace mal a nadie.

Phillips eso sí, quizás ha conversado más de lo que debería con la prensa. En vez de dejar que la obra hablara por sí misma, esa incontinencia de relaciones públicas lo ha llevado a decir idioteces como que el humor está muerto:

«Intenta ser divertido hoy en día con esta cultura de la conciencia [«woke culture»]. Salieron artículos sobre por qué los comediantes ya no trabajan más; te diré por qué, porque todos los tíos jodidamente divertidos están en plan: ‘A la mierda, no quiero ofenderlos . Es difícil discutir con 30 millones de personas en Twitter. Simplemente no puedes hacerlo, ¿verdad?”

Cosa que perdonando mi expresión, es de un aweonamiento supino. No es que hoy no se pueda hacer comedia. Hay espacio para todo. Sencillamente es que hay cierto tipo de comedia que se siente desactualizada, porque, ya sabes: Los tiempos cambian y tu obra no son los Monty Phyton precisamente, lo que conduce nuevamente a la incapacidad de Phillips de superar el homenaje.

¿Me estás hablando a mi?

No vamos a repetir toda la cantidad de referencias que Phillips utiliza y que todos, muy amablemente se han molestado en señalar. En la era del rip off, eso no es nuevo y sí el Batman de una buena cantidad de autores, bebe descaradamente de estéticas y sensibilidades que encuentran pozo en otras formas de narración como el cine, no veo el pecado en querer trasladar el mismo sentir a una propiedad intelectual tan moldeable como lo es el príncipe payaso.

Elementos visuales, tipografías, películas, logos. El Gotham sucio y lleno de basura que recuerda al New York, no es tampoco algo ajeno. Es más, originalmente Batman transcurría en New York. Todo, forma parte de un tinglado que se retroalimenta. Nadie se queja cuando Antman toma modales del heist, o Jon Watts replica planos exactos de John Hughes o el mismo Nolan se inspira en Heat.

¿Nos molestamos porque son géneros o directores menores? O por el contrario ¿le dejamos el arte del homenaje a Tarantino y algunos elegidos? ¿Así de snobs somos? Esto es algo normal. Cultura pop le llaman.

Sin ir más lejos, hace unos –buenos- años circulaba un tráiler que mostraba un posible acercamiento para el reboot de Daredevil por parte de Joe Carnahan que básicamente adaptaba toda la estética setentera de Taxi Driver y referentes similares.  

Así que no creo que Joker esté torpemente ejecutada. Creo que incluso, es más, está demasiado calculada porque hablamos de una propiedad intelectual millonaria de Warner y no señor, no se pueden correr riesgos, no después de esa vergonzosa aproximación de la versión Leto /Ayer.

Si Nolan tiene que hacer una película sobre sueños lúcidos o viajes espacio-temporales de 160 millones de USD, no es de extrañar que esté ahí Michael Caine explicándote la naturaleza de su plot.

Joker se tiene que molestar en retratar, muchas veces, situaciones que poniendo un poco de atención entenderíamos, pero en una era en la que la gente va al cine y revisa sus mensajes mientras está viendo una película, debe darse ciertas licencias de rueditas narrativas. Porque Hollywood no es una tierra de autores, es una tierra de productores y los productores no quieren que la gente diga: No entendí.

Así que no veo la trampa de algunos trucos poco elegantes y convencionales para arrastrarnos al viaje de Fleck. ¿Hay decisiones cuestionables? todo en favor de su narración no fiable y cierto es que Phillips no tuvo los cojones de ser menos amable en su tratamiento, pero es algo con lo que sencillamente no pueden cagarla.

Opción múltiple

Para ir cerrando esta larga y pajera diatriba, Phillips no celebra al Joker. Tanto.

Su Fleck es un tipo hedonista que poco realmente le importa todo. Su falta de interés hacia cualquier otra cosa que no sea su propio dolor, queda patente en su evolución. Un marginado que está cansado de serlo y aprovecha una masa crítica cuasi accidental para hacerse feliz a sí mismo, en conjunto con un sistema que se espanta cuando luego de haber atizado todo el fuego, se pregunta por qué la casa se está quemando.

Una combinación fatal que narrada a partes desiguales, torpe a veces, bellísimas en otras, dista de ser simplemente una “buena” o “mala” cinta como tanto les gusta calificar a los que les vienen los juicios binarios.

En lo personal, ni siquiera sé si me gustó. Pero es interesante porque, como lo hacen todas las películas interesantes, nos tiene a todos discutiendo sobre ella.

Sobre si ensalza ciertamente un mensaje o si no. Si hace apología a la violencia o si es irresponsable en su postura sobre hombres que sienten que la sociedad les debe algo, tal como ya hizo Fincher con su Fight Club. Todo ese fenómeno, convulsivo y que tiene a medio mundo en matices muy alejados de la conciliación es realmente casi una metareferencia a la existencia misma del personaje. Supongo que si existiera, estaría deleitándose con todo esto.

Joker, creado hace ya 80 años por Robinson, Finger y Kane y que ha sido de todo. Bufón, gánster, bromista, psicópata, ladrón, supervillano y reflejo oscuro; hoy se encuentra frente a una versión que intenta explorar un posible origen y de paso, confrontar algunos temas que por añadidura, son parte de la conversación en la actualidad, porque pareciera que al contrario de lo que creemos, no mucho ha cambiado.

Pero entonces ¿qué aplaudimos cuando aplaudimos? ¿Aplaudimos porque de cierta forma entendemos que este Joker es una creación de un sistema defectuoso que pareciera ser equiparable al día de hoy a nuestros delincuentes? ¿Aplaudimos porque nuestros héroes ya no son McClane, y matar a los malos ya no es tan sencillo ni justificable?

¿Aplaudimos a un bufón que se burla de su impunidad en el sistema? ¿A una generación obsesionada con los personajes de cómics que solo logran identificarse con estos avatares en sus medios y códigos culturales favoritos? ¿Que se planteen conversaciones que nos tocan más de cerca pasadas por el cedazo de lo pop?

¿Por qué al ser uno de los personajes más icónicos del mainstream nos permite explorar la desigualdad, lo rechazado y lo marginal? ¿Por qué al igual que Arthur, caminamos un poco todos los días esas largas escaleras y nos permitimos identificarnos en su sufrir, con la comodidad de la desafección que nos entrega la butaca?

¿Por qué sentimos que a los Thomas Wayne del mundo les falta un shock de realidad y fantaseamos con escenarios en donde reciban lo que consideramos que es justo?

En serio, pregunto ¿qué aplaudimos?

Comenta o muere

Periodista. Fundador de Plan9. Weón fome.