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John Wick 3: Siempre ha sido sobre la venganza12 min read

28 mayo, 2019 8 min read

John Wick 3: Siempre ha sido sobre la venganza12 min read

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En 1974 Charles Bronson protagonizaba Death Wish. El inicio de una saga que abordaba una premisa sencilla pero efectiva: Paul Kersey, un hombre normal, veía como su familia era violada y asesinada a manos de unos facinerosos. De ahí en adelante, Kersey entra en una espiral de violencia y ajusticiamiento que se extendió por cinco entregas.

Es de conocimiento público que el tópico de la venganza es más viejo que el cine mismo.

Ya en 1884, en las páginas de El Conde de Monte Cristo se sentenciaba que “Los malos no mueren así, porque Dios parece protegerlos para hacerlos instrumentos de sus venganzas.” y de hecho, William Goldman un año antes de lo de Bronson cuando publicó su novela, La Princesa Prometida (que también tendría su respectiva adaptación en 1987) haría parte de la cultura popular otra icónica frase:

“Hola, me llamo Iñigo Montoya, tú mataste a mi padre, prepárate a morir”

Así que sí, la venganza como motor es más antigua que el hilo negro. Y lo mismo pasa con nuestros héroes de acción. Ya Perseo fue un semidios negado por su padre, o Hércules, quien debió probar su valía en 12 trabajos tuvo que ganarse el acceso al Olimpo, por lo que la figura del hombre que tiene en todo en contra, no es nuevo. Porque bueno, realmente, nada es nuevo.

Pero si hay lecturas generacionales que conversan con el sentir de una época.

Sudor y cervezas

El cine de hombres híper-metabolizados matando todo a su paso fue grito y plata durante bastante tiempo. No muy complejo y sin mayores aspiraciones, el denominado cine de sudor y cervezas de todas maneras, siempre se las arregla para ir de la mano con temáticas imperantes en la sociedad.

Rambo era un estereotipo y fantasía de poder en plena guerra de Vietnam, llegando casi al paroxismo en la segunda entrega. Algo que el mismo Stallone trató de desmarcar hace poco diciendo sobre First Blood que «Nunca tuve la intención de que fuera una declaración política»(…)»No soy un animal político y nunca quise serlo. Sólo pensé que era una historia interesante sobre la alienación».

Pero claro, la experiencia traumática de la guerra y su alienación producto de la misma, no tiene nada que ver. Buen intento Stallone.

Por otro lado, Conan el Bárbaro hizo lo propio por la fantasía de brujería y espada, presentando la figura del bárbaro, invencible, poderosa, dominante, volviendo realidad el imaginario visual de Frazetta, y catapultando a la fama a Schwarzenegger quien se volvería uno de los imprescindibles de la época.

¿Terminator? originalmente presentaba al hombre afectado por la guerra (Kyle Reese) pero capaz de enfrentarse a la máquina asesina definitiva. Un mundo creado por esa fascinación de Cameron hacia lo militarizado.

Así qué como es apreciable en estos pocos ejemplos, el cine de acción mantuvo décadas de imágenes asentadas en el poder del hombre que con sus bíceps podía con todo, contra todos.

Bruce Willis presentó un cambio de paradigma en el 88 cuando su McClane vulnerabilizó al protagonista de acción, cosa que olvidaron sus secuelas quizás con excepción de DH3: With a Vengeance, al tener nuevamente en la dirección a McTiernan quien entiende el personaje, y algo sabe de hombres poderosos vulnerables con ejemplos notables como Last Action Hero que justamente toma todos los tópicos de la época y crea una de las mejores satiras/homenaje al género que se haya visto.

Y así, en los 90, todo fue puliéndose al punto de que el héroe era tan importante, solo como su contexto.

El Ethan Hunt de Cruise sabe bien de eso. De un thriller de espías firmado por De Palma, a la acción estilizada y sinsentido de John Woo, de la sensibilidad de Alias con J. J. Abrams, hasta la sofisticación de la fórmula con McQuarrie, Cruise ha sido de hecho, el único de la “vieja escuela” del entretenimiento que ha sabido reinventarse.

Y si en la primera década del 2000 tuvimos a Jason Bourne como representante de ese personaje con un pasado tortuoso y una pretendida profundidad dramática que haya pozo en la novela de Ludlum, casi al final de la misma, Liam Neeson llegaba con Taken. Y ahí creímos que la Venganza moderna había consumado esa mezcla de acción y estilo a medio caballo entre la cámara esquizofrénica de Paul Greengrass y una motivación muy justificable para ese desborde de secuencias imposibles.

Lamentablemente Taken solo funcionó como una entrega unitaria e irrepetible, y Bourne agotó tan rápido sus temas, como las ganas de Greengrass de regresa a ese mundo.  Así que sí, ahí estábamos nosotros esperando por algo que pudiera llenar ese vacío de entregas sustentadas en hombres que todo lo pueden, en un mundo que hoy parece haber movido su interés de cintas palomiteras por derroteros similares, pero no iguales.

Algunos lo han intentado, la saga de “Has Fallen” o la más masiva “Fast and Furious” a pesar de encontrarse construida bajo mimbres parecidos, no son del todo lo que queríamos. La primera por sentirse anticuada, y la segunda porque al final todo se trata del concepto de “la familia” armado sobre la marcha, por lo que realmente, estábamos bastante solos.

Hasta que llegó John Wick.

El nombre es Reeves, Keanu Reeves.

Wick es la saga de acción que esta década merece. Y bajo cualquier punto, pareciese ser una hija legítima de la meritocracia.

Cada secuela ha recaudado más que la anterior confirmado su éxito y creando alrededor de ella un culto, incluso por elementos que van más allá de su sólida construcción visual, su narrativa sencilla pero de pernos muy ajustados o su entretenimiento indesmentible. Y ese elemento, se llama Keanu Reeves.

En un mundo en donde la vida pública y privada de los famosos está en un área gris, Reeves es a ojos de la audiencia lo que mi mamita llamaría un pan de dios. Todos lo aman, todos lo amamos. Su historia, su estilo de vida, su carrera y sus acciones fuera de la pantalla, lo han elevado como una, literalmente, buena persona.

Es el anti Morrisey, es una persona a la que literalmente, queremos que le vaya bien.

Porque hoy, el cine se hace incluso desde antes de filmar, se hace en la pre-producción y en el anuncio de cast, se hace en los primeros detalles de los plot liberados en sitios de internet, se hace con el público opinando antes, durante y después del estreno, guste o no. Se hace con la audiencia respirando en el cuello. Afortunadamente, esa audiencia quiere que a Reeves le vaya bien.

Es cierto, Reeves hoy no es desconocido para nadie. Su Neo es fácilmente es uno de los íconos modernos de la acción contemporánea. Tampoco es el jovencito inexperto de Break Point, Speed (a.k.a Máxima Velocidad) o El abogado del diablo, pero por cada La Casa en el Lago o Knock Knock hay una Constantine o una A Scanner Darkly demostrando con creces que el hombre es más que un actor consumado.

Pero es que, su trágica historia (que no entraremos a detallar), su sencillez y su vida alejada de lo que parece ser la norma de egolatría en Hollywood, no hace otra cosa que despertar simpatía.

Por eso Wick es una saga de acción hija de estos tiempos, porque encontramos en ella, no solo un producto que realmente que cree en lo que cuenta, hecho con cariño, sino que además, está formada por un actor que apreciamos y eso al día de hoy, es una gran batalla ganada de cara a la taquilla.

Haz que cuente

Chad Stahelski ha estado involucrado en las tres entregas de Baba Yaga. Un hombre que partió como stuntman trabajando incluso como doble de cuerpo para Brandon Lee para terminar The Crow, y que, curiosamente fue doble del mismo Reeves en Matrix

Hoy ha logrado –al igual que su saga- escalar poco a poco en los grasientos peldaños del entretenimiento. Primero como doble, luego como director de segunda unidad, ahora como director y dueño de esta trilogía que en su experiencia como stunt, ha logrado dotar de una personalidad que decenas de cintas iguales no han podido igualar.

En Wick se refina el concepto de montaje de acción (algo de lo que hablamos en su minuto por estos lados) dándole peso, ángulo y espacio propio a los combates.

Un elemento que la gente suele dar por descontado en cintas de este tipo, pero que paradójicamente son menospreciados por la siempre búsqueda de la set piece definitiva, de la explosión grandilocuente y del CGI excesivo, olvidando la construcción de la batalla, golpe a golpe, bala a bala y puñalada a puñalada.

Stahelski se da el tiempo de otorgarle la importancia a cada pelea porque sabe que en este mundo, cada bala significa una posible muerte. No hay grandes money shots, porque cada pelea, es un money shot.

Eso es parte importante de lo que diferencia a Wick de otras sagas de acción modernas. Acá, el pleíto es el diálogo. Reeves de hecho, habla muy poco.

Al igual que Eliel, Wick es el hombre que habla con las manos, porque la factoría de la que proviene Stahelski, así como los gustos del mismo Keanu se asienta en el ritmo del wuxia. No por nada en esta entrega cuentan con la presencia de nada menos que Yayan Ruhian, a quién le sacan el jugo con una secuencia muy sólida.

Reeves siempre ha estado interesado en artes marciales. Su paso como director en la pésima Man of Tai Chi ya dejaban en claro que realmente lo de él, no es la acción clásica de sudor y cervezas, sino más bien a la estética oriental. Por eso nos emociona verlo pelear, porque literalmente, LO VEMOS. Cada golpe, cada balazo, cada cuchillada cuenta.

Todo por un perro

Volviendo a Death Wish, la venganza como punto de no retorno para la tragedia ha tenido un regreso continuo pero discreto en los últimos años. Y muchos actores han visto en ella, una herramienta para perfilarse como una carta a tener en cuenta. Cintas como Colombiana, Peppermint, toda la irregular carrera de Neeson en este apartado, solo confirman que la venganza siempre será un plato que se sirve mejor caliente. Pero Wick es diferente.

En Wick asistimos a un mundo que parte desde lo más absolutamente rutinario: Grupo de facinerosos se mete con un “viejo” y le arrebatan lo más preciado que tiene. Un perrito, recuerdo de lo único que tuvo de valor en su vida, su amor.

El punto de partida inverosímil no deja de ser la excusa tonta que queremos escuchar. Sí, sabemos que lo del perro es una tontera, pero es tan naive, tan tierno, y al mismo tiempo tan honesto, que valoramos todo lo demás por lo que es. Un hombre que va a quemar todo y a todos, porque tienen que pagar y nada, jamás, nadie, resarcirá esa afrenta.Es el nihilismo absoluto. El descreimiento de la moral. John Wick es el cuco, Baba Yaga.

Mikael Nyqvist en algún punto de la primera entrega define lo que es la saga:

John es un hombre centrado, comprometido, pura voluntad. Algo de lo que tú sabes muy poco. Una vez lo vi matar a tres tipos en un bar. Con un lápiz. Con un puto lápiz. De pronto un día, pidió retirarse. Fue por una mujer, claro. Así que hice un trato con él. Le encomendé una tarea imposible. Un trabajo que nadie podría haber realizado. Los cadáveres que enterró ese día sentaron las bases de lo que ahora somos nosotros. Y luego, hijo mío, pocos días después de que falleciera su esposa tú le robas el auto y le matas al puto perro.

Y ahí no necesitaron jamás volver a desarrollar al personaje.

Wick es una fuerza de la naturaleza. Todo el resto, es una descripción de su mundo y de cómo funciona. “Ahondamos” en personajes que finalmente solo son un satélite de Wick y dejamos que él, avance imparable frente a su cometido. Destruir todo, pero como la buena saga que es, esa destrucción evoluciona.

Si quieres paz, prepárate para la guerra

Porque baja esa gruesa capa de estilo y mecanismos de acción sofisticados, lo mejor de todo, es que han logrado encontrar una historia realmente interesante que contar. John Wick ya no es más la historia del perro, es sobre un hombre que debe decidir qué es, qué quiere ser y para qué debe utilizar su talento.

Una historia que como dije, subyace bajo esa brocha gorda de venganza, pero que se ha transformado en la mejor excusa argumental para dar rienda suelta a las ramificaciones de ese mundo que ya complejizó de grata manera la segunda entrega.

Stahelski ha sabido orientar a su cauce natural al viejo John, y ha transformado su tragedia personal en una historia sobre la aceptación de la naturaleza, enfrentarse a ella, cambiar, pelear contra tu pasado y abrazarlo para avanzar. Para construir un nuevo mundo, destruyendo.

Aceptar ser un arma, pero esta vez con él mismo tras el gatillo y no como el cuco.

La historia sobre la sociedad y el mundo rico e intrincado de asesinos que pueblan esta historia, pasó de funcionar como un mero artefacto, a ser el corazón de Wick.

Es la aceptación del libre albedrío. No desconocer tu pasado y ser por fin libre. Eso nos agrada, nos complace ver como Wick les parte la madre a todos, porque quizás y solo quizás, pensamos en ello como una metáfora del cómo queremos ver a Reeves.

Y bajo toda la fantasía, verlo sobreponerse nos hace felices, porque dentro de nosotros, sabemos que se lo merece.

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Periodista. Fundador de Plan9. Weón fome.