Connect with us

Subscribe

Cine + Series

El sol que abrasa (陽光普照): La pequeña joya asiática de la que nadie está hablando

Los hijos son un cacho en todos lados.

Así como hay directores que se hacen conocidos por su maestría al momento de manejar las emociones o por la complejidad narrativa de sus historias, existen también los que alcanzan la fama por su habilidad de construir atmósferas envolventes, de esas que trascienden las fronteras de la pantalla y sumergen al espectador en los más particulares mundos ficticios.

El nombre de David Lynch cae de cajón cuando hablamos de cine atmosférico: sus ambientes inquietantes y oníricos dejan en segundo plano a la historia y a los personajes para devorarlo todo, incluida la audiencia.

En esta misma categoría caben también directores como Gaspar Noé, Wong Kar-Wai o Charlie Kaufman, que despliegan habilidad técnica y visión artística a partes iguales para entregar películas que dejan al espectador apaleado y dañado en su intimidad hasta bastante después de que han terminado los créditos.

Si lo vemos desde un punto de vista estrictamente cinematográfico, pocas culturas tienen el atractivo visual del continente asiático. Son países que han tomado un estilo de vida capitalista nacido hace poco menos de dos siglos y lo han superpuesto a su cultura milenaria, dando como resultado una extraña mezcla que, cuando se plasma en una película, produce una sensación parecida a la de ver ficciones sobre universos paralelos. 

Los aficionados a la ciencia ficción sabrán que uno de los grandes atractivos de este tópico, además de las divergencias en acontecimientos históricos del tipo “los nazis ganaron la Segunda Guerra Mundial”, se encuentra en los pequeños detalles que muchas veces aparecen en segundo plano y no influyen directamente en la historia. 

En Fringe, una gran serie que abordaba de manera magistral el tema de los universos paralelos, se dice en un capítulo que la Tierra alternativa, pese a todos sus avances científicos, aún no ha encontrado la cura para la viruela. En Rick y Morty, otra serie que usa y abusa de este tópico, los protagonistas viajan a un universo en el cual nadie usa pantalones. 

Son diferencias que no inciden en la trama, pero enriquecen el mundo ficticio y motivan al espectador a apuntar a la pantalla como Leonardo DiCaprio en Once Upon a Time in Hollywood cada vez que se advierte uno de estos detalles triviales.  

La atmósfera tan lograda del cine asiático está dada precisamente por esas pequeñas disimilitudes entre la cultura occidental y oriental, producto de la fusión entre dos sociedades tan distintas entre sí que no terminan de encajar del todo. Son países que en muchos aspectos han adoptado las formas occidentales sin abandonar algunas costumbres ancestrales como comer con palillos o (por alguna razón) prescindir completamente del uso de sillas. 

Por lo mismo, las mejores películas del continente asiático suelen girar en torno a problemáticas sociales y mostrar una atmósfera sucia y caótica. Y en ese sentido, El sol que abrasa es una pequeña revolución dentro del estatus quo. 

Similar en la diferencia

Oculta en las profundidades del catálogo de Netflix, esta cinta taiwanesa narra el conflicto familiar provocado por dos hermanos que son la antítesis el uno del otro: A-Ho, un rebelde encerrado en un centro de detención juvenil, y A-Hao, el hijo modelo que estudia ingeniería y es el orgullo de la familia. Sus padres también son opuestos: Qin, la madre, es empática y compasiva con ambos, mientras que el padre, A-Wen, un real viejo de mierda, reniega de A-Ho y deposita todo su cariño y esperanzas en A-Hao. 

Toda esa mescolanza de nombres puede parecer un trabalenguas en un inicio, pero una vez que se comienza a profundizar en la psicología de los personajes se hacen patentes los demonios contra los que debe luchar cada uno de ellos. Y pronto comprendemos que, en realidad, todos enfrentan dilemas parecidos.

Porque si bien A-Ho y A-Hao tienen actitudes radicalmente opuestas al momento de relacionarse con los demás, ambos viven bajo el aplastante peso de las expectativas paternas. El menor debe lidiar con ser la decepción familiar y el mayor carga la cruz de ser el hijo perfecto, que nunca deja de sonreír y estar pendiente de su familia. Y ante la presión de su entorno, cada uno toma un camino de autodestrucción del que luego les resulta difícil (o imposible) escapar. 

Hay una razón por la que el cine asiático pega tanto en países como Chile, donde el triunfo de Parasite en los Óscar de este año fue recibido casi como si se tratara de un logro nacional. Y es que la realidad socioeconómica de países como Corea del Sur o Taiwán se parece bastante a la realidad latinoamericana.

Habiendo experimentado una modernización acelerada, nuestros países tienen mercados radicalmente abiertos al mundo que producen un rápido crecimiento económico a costa de descuidar todas las otras áreas de la vida en sociedad. La igualdad de oportunidades, la sustentabilidad y la salud mental de la población pasan a segundo plano ante el dogma economicista que obsesiona a nuestros políticos. 

El resultado son clases medias precarizadas y traumadas a las que basta una ligera brisa para hacerlas descender nuevamente a la tan temida pobreza. A-Wen es, a riesgo de sonar como un añejo marxista, un producto de su clase social. Es el miedo a ver a sus hijos atrapados en las mismas condiciones de mierda que él lo que lo motiva a presionar a A-Hao para que consiga un título universitario. La opinión del hijo no es tomada en cuenta, porque su tarea es romper el círculo de pobreza convirtiéndose en el primer profesional de la familia. Cualquier parecido con Chile es pura coincidencia. 

En realidad, nunca llegamos a comprender realmente a A-Hao. No sabemos cuáles son sus sueños ni aspiraciones. El único momento en que deja ver sus emociones intuimos que anhela más que nada la libertad de salirse del carril y de vivir un poco para sí mismo. 

Esto no se dice explícitamente, sino en clave de metáfora, utilizando la sombra como analogía de la privacidad y la luz como símil de la presión social. Esto no es algo circunstancial: el sol, presente desde el mismo título, es el elemento más importante de la cinta y desde el primer minuto se erige como un personaje por derecho propio. 

Como dijimos anteriormente, la mayoría de las películas asiáticas que tratan problemáticas sociales muestran un ambiente de desorden y suciedad que son el reflejo del caos producido por el sincretismo cultural, la economía desregulada y el ritmo acelerado de la vida contemporánea. 

El sol que abrasa toca estos mismos tópicos, pero lo hace valiéndose de una atmósfera luminosa y resplandeciente, con rayos de sol que se derraman sobre los escenarios hasta eliminar todo rastro de oscuridad. 

Incluso cuando los personajes se encuentran en lugares cerrados, suelen haber amplias ventanas por donde entra la luz natural, y en las pocas escenas que transcurren de noche pareciera que nunca hace mucho frío ni mucho calor, pues todos van de polera o camisas arremangadas.

Es como si a través del contraste entre la oscuridad de la historia y la majestuosidad de sus paisajes la película intentara decirnos que sí, la vida está llena de weás horribles, pero el mundo a nuestro alrededor sigue irradiando belleza. Más allá de nuestras tragedias personales, los conflictos familiares, las inseguridades y los cagazos, siempre podemos levantar la cabeza para disfrutar de la luz del sol. 

Una obra como El sol que abrasa no podría haber nacido en otro lugar que en Asia, la cuna del budismo y la contemplación. Sus imágenes son tan poderosas que te hacen desear que la película no termine jamás.

Y claro, este desfile de sensaciones no sería posible de no ser porque todo el apartado técnico está de lujo. La fotografía, la música y las actuaciones conspiran para estrujar tu corazoncito y despertar emociones que ni siquiera tú sabías que existían. 

Cuesta entender la razón por la que El sol que abrasa ha pasado tan desapercibida en Occidente. Es refrescante salir un rato de los diálogos ingeniosos de Hollywood para escuchar conversaciones como suceden en la vida real. Es liberador dejar atrás los palacios gringos que supuestamente pertenecen a familias de clase media para ver personajes viviendo en casas parecidas a la tuya y pasando la mitad de la película en el trabajo o en el paradero de la micro. 

Puede ser que su duración de dos horas y media ahuyente a algunos, pero una vez que entres en el mundo de la película querrás quedarte allí por siempre. Disfrutando del cálido abrazo del sol. Te lo prometemos, tiene el sello de garantía de Plan9. 

#PLAN9NEWS

Suscríbete a nuestro newsletter y recibe todos los días en tu mail, el mejor spam de tu vida.

Written By

Remedo de periodista. Fanático del terror en todas sus formas y lector furioso. Tendiente al pánico por la acumulación de libros apilados en el velador y películas sin ver en el disco duro.

Lo último en Plan9

El día en que Ennio Morricone «colaboró» con el Frente Patriótico Manuel Rodríguez

Cult + Mag

NERDS SIENDO NERDS: Hay gente que se enojó porque en el live action de Cowboy Bebop Faye Valentine no usará exactamente el mismo traje que en el animé

Animé

Conchetumare: El 2021 vuelve Shaman King

Animé

Pobre, comunista y maricón: Tengo miedo Torero de Pedro Lemebel llega al cine y acá está su primer avance

Cine + Series

Connect
#PLAN9NEWS

Suscríbete a nuestro newsletter y recibe todos los días en tu mail, el mejor spam de tu vida.