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El repostero de Berlín: Amores en luto

9 marzo, 2019

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El repostero de Berlín: Amores en luto

El repostero de Berlín, o The Cakemaker, es una historia de amor trágica, sensible y de tono transgresor. Esta producción israelí-alemana trabaja de forma sincera el relato que quiere contar, mostrando cómo la tragedia moviliza a los protagonistas a vivir un luto conjunto y a buscar refugio en los lugares impropios.

Y es que el filme dirigido por Ofir Raul Grazier (2017) destaca por su increíble mirada hacia el luto, o bien la pena o tragedia, donde dos personas que se encuentran vacías y frustradas, que han perdido un pilar fundamental de sus vida, se ven completos el uno frente al otro. Se ven frente a un pequeño ápice de felicidad, de radiantes emociones y progresivos avances en sus vidas, que poco durarán ante lo real de la vida y la fragilidad de las mentiras.

Thomas (Tim Kalkhof), un joven repostero alemán que maneja un café en Berlín, mantiene una relación secreta con Oren (Roy Miller), un ingeniero judío israelí que viaja por motivos de trabajo a la ciudad y que además es un cliente frecuente en la cafetería. El día que ambos se conocen la conexión es mutua, se enamoran y comienzan una historia basada en encuentros íntimos.

Oren, quien está casado y tiene un pequeño hijo en Jerusalén, desaparece. Tras preguntarse Oren, y sin saber nada de él por algunas semanas, Thomas descubre que su amante tuvo un accidente en el que perdió la vida.

Tiempo después Thomas viaja a Jerusalén y conoce a Anat (Sarah Adler), la esposa de Oren, quien lidera su pequeña cafetería kosher. Thomas comienza a trabajar con Anat, y, eventualmente, se genera una tensión amorosa entre ambos, lo que será una respuesta para superar la muerte de Oren. Sin embargo, Anat no conoce la verdad detrás de Thomas y su difunto esposo.

Destinos cruzados, caminos comunes

Hablar de la relación que se crea entre Thomas y Anat, es referirse a una salida sincera a la soledad. Es mezclar al amante y a la esposa, a quienes podrían solo tener en común a Oren y, también, quienes debiesen mantener un fuerte resentimiento entre sí.

Grazier prefiere jugar con una mirada distinta. Anat, quien debe doble esforzarse como madre y dueña de su cafetería ante la perdida de su pareja, ve un camino junto a Thomas. Una forma de salir adelante.

Entre quienes la tragedia abunda, el cariño se hace fundamental. Se transforma en una forma de vida, en el amor que necesitamos. Entre Anat y Thomas, ser cada uno quien llene ese espacio vacío del otro es estremecedor.

Y es interesante detenerse en este punto ya que, ante la ingenuidad de Anat y la necesidad de conocer cada vez más sobre la vida de Oren en Jerusalén por parte de Thomas, es emocionante para la audiencia saber que pasará entre estas almas dolidas.

Thomas también se hace parte del entorno familiar de Oren, relacionándose de forma positiva con el hijo y la madre de éste. El chico alemán, quien ha estado solo por años, se siente como en casa en un país desconocido.

Pero, no todo es color rosa. Mientras más avanza el filme y los lazos se vuelven más fuertes, más peligroso se presenta el final.

Lo sexual en la obra también es importante. Vemos que Grazier más allá de tratar la sexualidad con ciertas etiquetas, nos muestra una mirada más amplia, más allá del género y orientación sexual. No tiene que ver con la homosexualidad, heterosexualidad o pansexualidad, si no con el amor que pueden llegar a tener los personajes entre si.

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Y ese amor no sabemos si nace de la atracción, el cariño o abandono puesto que, pareciese que prima un escape a la soledad generada por la perdida mutua de Oren. Un escape a ese vacío. E inclusive, el vacío que Oren siente en una relación dónde, al parecer, el único lazo que queda es su hijo, no siendo así con su esposa e hija.

Pero la relación de Thomas y Anat, originada en un ambiente tan complejo, se muestra demasiado frágil. Un pequeño error puede costar caro, sobre todo existiendo la posibilidad de que Anat se entere de la verdad que esconde Thomas.

Y ese es error el que rompe las ilusiones de los protagonistas.

Una tragedia con preparación

Me encanta el trabajo que Grazier realiza en torno a la comida. La preparación de una galleta, las sensaciones que provocan una sola cucharada de un pastel y lo sexual que pueden incitar los buenos sabores.

Hay un gran trabajo en cámara y sonido hacia esas situaciones. Así sucede con la torta selva negra que provocará una conexión inmediata entre los amantes, y que será la misma que Thomas les preparará a Anat y a su hijo. El enfoque al pastel y al sonido del servicio tocar el plato, más las expresiones de los personajes, es precisamente la demostración de como la comida enamora o transforma el ambiente.

El Repostero de Berlín es de esas historias de amor y tragedia que destacan por su arriesgo. Por entender que se pueden entrelazar en una narración sincera distintos tópicos sin caer súbitamente en la crítica sin fondo o en la mirada estereotipada de la sociedad. Es un filme que sabe que debe trabajar aspectos culturales, sexuales, familiares y, por sobre todo, lo referente al luto. Esto, sin necesidad de caer en el llanto exacerbado, si no en cómo los humanos nos desenvolvemos tras la muerte de nuestros seres queridos, que, en el caso de los protagonistas, es a través del amor.

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Estudiante de Periodismo ☺. Amante del anime, comida, películas y más weas ♥. Juego PS4 como un zángano culiao a veces.