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Cuando Alan Moore habló sobre Stan Lee en su ensayo “Blinded By The Hype: An Affectionate Character Assassination”

20 noviembre, 2018

Cuando Alan Moore habló sobre Stan Lee en su ensayo “Blinded By The Hype: An Affectionate Character Assassination”

Este post en realidad es una trampa. Es una trampa porque básicamente es una copia de una traducción realizada por los chicos del pulento sitio codigoespagueti del ensayo de Moore llamado:  “Stan Lee: Blinded By The Hype: An Affectionate Character Assassination”

Un ensayo publicado en 1983 dentro de las páginas de los números 3 y 4 de The Daredevils; una colección antológica publicada por Marvel UK que contenía historias del Capitán Britania (el de Moore y Davis) así como reimpresiones del Daredevil de Miller, artículos y una que otra historia de Spiderman.

Como sea, el ensayo es una larga reflexión del siempre controvertido británico sobre Stan Lee, a quien homenajea y critica a partes iguales. Sin más dilación, acá va*.

*Ah! Pero antes, varios apuntes sobre este falso artículo: Primero, quiénes somos nosotros para modificar las palabras de Moore? Segundo; para que vamos a volver a traducir algo que ya se hizo con nuestro inglés de colegio periférico? y tercero, no vamos a colocar la traducción completa, porque de hecho, el resto lo pueden encontrar en el sitio de los chicos de Código Spagueti, una página a toda zorra. Recomendadísima. 

Ahora sí:

“Dudo que alguno de los que están leyendo ahora mismo esto no esté familiarizado con el nombre de Stan Lee … a menos de que, por supuesto, seas uno de esos desafortunados sujetos que pasaron su infancia en una lavandería. Si este fuera el caso, permíteme informarte sobre los detalles necesarios.

Stan Lee es el nombre del imperfecto genio responsable en su totalidad del imperio de Marvel Comics. Sin Stan Lee, no estarías leyendo esto. Sin Stan Lee, no habría Fantastic Four, ni X Men, ni Hulk, ni Thor, ni nada. Sin Stan Lee, probablemente no habría existido una película de Conan, y es casi seguro que la industria del cómic en su conjunto sería muy diferente, asumiendo que hubiera llegado a existir. Por otro lado, sin Stan Lee, no tendrías que sentarte a ver esa porquería de programa de televisión de Spider-Man. Supongo que es un caso en el que una cosa compensa a la otra.

Mi relación con este caballero se remonta a unos veinte años atrás, hasta el fatídico día en que envié a mi madre a comprarme mi ración de cómics semanal. El cómic en particular que me obsesionaba en aquel momento era Blackhawk, de DC Comics.

Sabiendo que era poco probable que mi madre recordara el título, jugué a lo seguro y le dije que el cómic que quería que comprara tenía un montón de personas vestidas con uniformes azules. Lo que me trajo fue Fantastic Four número tres. Imagina mi sorpresa.

Mi madre, por supuesto, se deshizo en disculpas. Por este motivo, y sólo por este motivo, la dejé ir sin desatar sobre ella mi ira, como era mi práctica habitual. Unas dos horas más tarde, después de que terminé de leer Fantastic Four 3 por octava vez, me di cuenta de que, de hecho, ¡este cómic era absolutamente estupendo!

Tienes que saber que yo no era el tipo de niño agradecido, pero esa noche estaba tan contento que le avente a mi madre un trozo extra de carne cruda y decidí que consideraría ponerle un par de aros adicionales a su correa.

En este punto, tal vez debería explicar exactamente qué fue lo que me marcó sobre ese número de los Fantastic Four. Después de todo, cuando apareció ese número por primera vez, la mayoría de los lectores actuales eran sólo un grupo de genes y cromosomas aleatorios. Además de eso, tú has crecido en un mundo donde tienes a tu alcance, más o menos, cuarenta títulos diferentes de cómics de superhéroes para elegir cada mes.

Dudo que puedas imaginar el gran impacto que un solo cómic podía suponer para aquellos que andábamos hambrientos de historietas en 1961.

Especialmente para alguien cuyo único contacto con los superhéroes habían sido los héroes de mandíbulas cuadradas que aparecían en los cómics de DC en ese momento. Lo más llamativo a primera vista eran los dibujos de Jack Kirby. Tenían una calidad escarpada que resultaba al principio desagradable para los ojos de aquellos que nos habíamos acostumbrado a las gráciles figuras de Carmine Infantino o al suave entintado de Murphy Anderson. Esa opinión, en mi caso, cambió rápidamente.

Sólo unos pocos meses más tarde, realmente no podía mirar a Infantino, Kane, Swan o cualquiera de los otros artistas de DC de esa época sin sentir que faltaba algo… una falta de sentimiento o algo así. Como digo, los dibujos eran muy, muy extraños.

Aquellos de ustedes cuya única exposición a las ilustraciones de Kirby ha sido The Eternals no pueden comenzar a imaginar lo extraño que era.

La escritura no era nada del otro mundo. La trama de ese número no era precisamente excepcional… presentaba a un villano de segunda clase llamado Miracle Man que tenía el poder de crear ilusiones. Atacaba a los Fantastic Four, les golpeaba, ellos se reagrupaban, le golpeaban, y final de la historia. Nada especial.

Lo que era especial era el desarrollo de los personajes… la forma en que los personajes hablaban, pensaban y se comportaban. Piénsalo por un momento, había un científico noble llamado Reed Richards, que era el encargado de hacer declaraciones largas y pretenciosas sobre todo, desde la radiación de Epsilon hasta el Amor Universal.

Ahí estaba su débil y despistada novia, Susan Storm, que siempre parecía como si fuera mucho más feliz acurrucada en un sillón con una botella de valium y el último número de Vogue en lugar de ser capturada por el Hombre Topo o alguien por el estilo.

Ahí estaba su flaco hermano adolescente, Johnny, la Antorcha Humana, que era descarado, ruidoso y un poco desagradable, el tipo de persona que parecía tener menos problemas para levantar un camión articulado que para tener una novia estable.

Y por último, pero ciertamente no menos importante, estaba Ben Grimm, The Thing. En aquellos primeros días, The Thing no se parecía en nada a ese simpático ‘Oso de Peluche Naranja’ de los últimos años. En aquellos días, se le describió como un Hulk maníaco-depresivo con un dolor de cabeza constante por migraña, que siempre lanzaba frases del estilo: “¡Bah! ¡Fuera de mi camino, insignificante mortal!”.

Destrozaba coches y edificios con un entusiasmo que dejaría a un hooligan promedio boquiabierto de admiración.

En más de una ocasión estuvo peligrosamente cerca de asesinar a la Antorcha Humana mientras estaba de mal humor y, en general, tenía la impresión de que siempre estaba a punto de convertirse en un villano de pleno derecho y de abandonar los Fantastic Four para siempre.

Para alguien que que estaba acostumbrado a la belleza higienizada de la Liga de la Justicia de América, eso era realmente emocionante. Quiero decir, en DC Comics, si Superman alguna vez le decía algo remotamente desagradable a Batman o Wonder Woman, sabías que estaba sufriendo los efectos impredecibles de la kryptonita roja o del nuevo rayo cerebral de Lex Luthor.

Con Ben Grimm, sabías que era muy probable que arrancara los brazos y las piernas de alguien por una razón no mejor que el hecho de que sus hojuelas de maíz se habían aguado antes de que pudiera comerlas esa mañana.

Había una escena memorable en ese Fantastic Four 3, en la que la Chica Invisible presentaba con orgullo a sus compañeros de equipo algunos nuevos trajes que había diseñado (Hasta ese momento, los cuatro fantásticos se habían vestido con ropa ordinaria). El traje de The Thing era un uniforme azul ceñido con botas negras y un casco azul que hacía todo lo posible por ocultar su horrible y grumoso rostro naranja. Al final del número, había roto en pedazos su nuevo uniforme en un ataque de ira y había terminado por utilizar únicamente los botines negros y el calzón que conocemos y amamos hasta hoy.

Al mismo tiempo, la Antorcha Humana tuvo una rabieta que se vería mejor en un niño de cinco años, y decidió abandonar los Fantastic Four para siempre. Con todo esto sucediendo, puedes ver por qué Miracle Man y su horda de monstruos no me interesaron demasiado.

Esa fue la primera vez que leí a Stan Lee y me enganché.

Y los siguientes números no me defraudaron. En el número cuatro, Namor, el Submarinero, hizo su primera aparición desde la década de 1950, presentándose con el pretexto de ser un vagabundo amnésico que se estaba pudriendo silenciosamente en una casa de huéspedes en el Bowery, hasta que dicho establecimiento fue visitado por la Antorcha Humana, que todavía estaba huyendo de sus tres compañeros de equipo.

En la que, para mí, sigue siendo una de las escenas cómicas más electrizantes de la historia, un asombrado Johnny Storm enciende un dedo con su poder flamígero y comienza a afeitar la melena peluda y la barba enredada del vagabundo para revelar una cara triangular sobrenatural y elegante. Ahí estaban las cejas curvas del príncipe Namor, el legendario Submarinero.

Y así siguió y siguió. Y no solo dentro de las páginas de Fantastic Four: durante este período, Lee estaba expandiendo toda la línea de Marvel, renovando los títulos de la editorial para incluir a nuevos superhumanos, y, lo que es más notable, escribiendo todos los títulos él mismo. Thor, Ant-Man, Daredevil, Iron Man, Hulk, The Avengers… teniendo en cuenta que la mayoría de estos títulos tenían periodicidad mensual, quizás te gustaría sentarte con un lápiz y papel y calcular cuántas páginas de guión tuvo que escribir cada mes Stan “the Man”, además de ser el director administrativo de un imperio de cómics en rápida expansión.

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Quiero decir, yo mismo escribo una o dos páginas de cómics en ese tiempo, pero la idea de tener una carga de trabajo como la de Stan me hace temblar incontrolablemente y emitir divertidos ruidos chirriantes. El hombre debe haber tenido ocho tazas de café negro donde la mayoría de nosotros tenemos sangre.

Naturalmente, no todos sus guiones eran tan buenos, aunque si alguien me lo hubiera sugerido en ese momento, me habría arrancado la columna vertebral y lo habría azotado con ella.

Como la mayoría de los lectores de esa época, me habían lavado totalmente el cerebro con el bramido de la máquina de publicidad Marvel. Quiero decir, si la portada del cómic decía que una historia en la que Millie, The Model, se encontraba con The Rawhide Kid, era “La mejor epopeya de acción de todos los tiempos”, entonces por Dios, así era y no me importaban La Guerra y la paz, la Biblia, las Minas del Rey Salomón y Moby DickPara mí, si no era escrito por Stan Lee, no merecía la pena.

Probablemente, lo más notable que logró Stan Lee fue la forma en que consiguió mantener el interés de la audiencia después de haber crecido más allá del rango de edad generalmente asociado con los lectores de cómics de ese período. Y lo hizo mediante la aplicación constante de cambio, modificación y desarrollo.

No permitió que los cómics permanecieran estáticos mucho tiempo. Iron Man cambió su enorme disfraz de color gris metálico por el elegante rojo y dorado que gradualmente se convirtió en su armadura. Hulk abandonó a Los Avengers para no volver jamás. Alguno de los Howling Commando fue asesinado de vez en cuando. Puedes decir lo que quieras sobre el Universo Marvel, pero seguro que no fue aburrido.

A medida que avanzaban los años sesenta, los guiones de Lee comenzaron a reflejar los cambios que se estaban produciendo en la sociedad. El realismo descarnado, callejero, lentamente dio paso a un sentido de aventura y asombro a una escala grandiosa y cósmica, justo cuando miles de niños estadounidenses de clase media vestían kaftanes, dejaban crecer su pelo y se dirigían a San Francisco en busca de aventuras cósmicas propias.

Para muchos, este período ‘visionario’ de la escritura de Lee es su mejor trabajo. Personalmente, aunque en ese momento me llamó la atención, puedo ver en retrospectiva que, de muchas maneras, significó el principio del fin. Dicho esto, mientras duró probablemente fue lo más divertido que te pudo pasar sin arriesgarte a ser encarcelado.

Los Fantastic Four se encontraron, en una rápida sucesión de hechos, con el asombroso devorador de planetas conocido como Galactus, el apasionado Silver Surfer, la utopía tecnológica situada en el corazón de las selvas africanas de Black Panther, los Inhumanos y The Watcher, y una cantidad tal de personajes que adormecerían tu cerebro.

Thor se encontró con los colonizadores Rigellianos y, más memorablemente, con Ego, el planeta viviente. Nunca olvidaré pasar la última página de ese número en particular de Journey into Mystery para ser confrontado por el espectáculo de una página completa dedicada a un enorme planeta orgánico con la cara injertada de un octogenario maligno.

Créeme, cuando la gente de mi edad habla sobre la sensación de sorpresa y felicidad que encuentra en esos viejos cómics, de esto es de lo que están hablando. Fue ese tipo de conceptos totalmente únicos en la vida que te hizo preguntarte ¿Durante cuánto tiempo Lee y sus amigos podrían mantener ese tipo de ritmo y estilo? La respuesta es: no mucho.

A medida que Marvel comenzó a preocuparse por crecer, Lee usaba la mayor parte de su tiempo en tomar las decisiones editoriales cotidianas implícitas en una empresa tan grande, y dedicaba menos tiempo para escribir.

Otros escritores comenzaron a aparecer. Algunos de ellos, como Roy Thomas, eran muy competentes. Otros lo fueron menos. Lo único que todos estos nuevos escritores tenían en común era que, en general, se habían curtido con la escritura de Stan Lee.

Esto era bueno en la medida en que daba una agradable continuidad a los cómics. Roy Thomas sigue a Stan Lee con un estilo muy parecido al de Lee. Pero, lo malo de todo esto es que comenzamos a asistir una dilución del estilo original.

Con el tiempo, comenzaron a aparecer escritores que habían hecho lo mismo con Roy Thomas, y la idea original se diluyó aún más. Muchos escritores, que sabían menos de escribir tramas y personajes que una lombriz de tierra, comenzaron a pensar que hacer una buena historia al estilo Stan Lee consistía en que apareciera el Doctor Doom o Galactus y poner un  par de escenas obligatorias con los héroes discutiendo entre ellos.

Pero, a través del genio de Lee para la publicidad, la maquinaría de Marvel había adquirido cierto impulso. Cada portada se jactaba de incluir en ese número “¡La mejor pelea de superhéroes en la época de los cómics de Marvel!” Y, como los novatos que éramos, lo creíamos. Después de todo, ¿Cuándo nos había mentido Stan alguna vez?

No importaba que el cómic presentara las mismas escenas de lucha sin sentido que habíamos visto cientos de veces antes. No importaba que los personajes hubieran degenerado en parodias superficiales de sus versiones antiguas. Pedíamos nuestros kits de membresía del MMMS (Merry Marvel Marching Society, el club de fans oficial de Marvel) y erigimos cruces de fuego en los jardines de personas sospechosas de leer cómics de DC, a la que nuestro intrépido líder nos sugirió nos refiriéramos como la “Distinguida Competencia”.

Eramos fanáticos de ojos flamígeros, que rivalizábamos con el más chiflado miembro del culto de Los Estranguladores o de la familia Manson. Éramos “verdaderos creyentes”.

Lo peor era que todo se había detenido. Los cómics habían dejado de evolucionar. Si le echas un vistazo a un cómic actual de Spider-Man, encontrarás que tiene veinte años, le preocupa mucho lo que está bien y lo que está mal, y tiene muchos problemas con sus novias. ¿Sabes lo que Spider-Man estaba haciendo hace quince años? Bueno, tenía unos diecinueve años, le preocupaba mucho lo que estaba bien y lo que estaba mal y tenía muchos problemas con sus novias.

En el lado positivo, casi todos los que trabajamos hoy en el medio, especialmente aquellos de nosotros que somos escritores, tenemos una deuda muy grande con Stan Lee. Yo sería el primero en admitir que cualquier estilo que pudiera poseer mi propia escritura probablemente se originó ese jueves por la tarde, cuando tenía ocho años, y estaba sentado y aturdido ante un cómic extraño que estaba tan alejado de Blackhawk como la Madre Teresa de Hugh Hefner. Esa es una deuda que no me tomo a la ligera y, si usara sombrero, sin duda me lo quitaría delante del señor Lee por brindarme la inspiración que actualmente me está ayudando a pagar la renta.

Además, como dije en los párrafos iniciales de este artículo, sin la chispa revitalizadora que Lee trajo a la industria en ese entonces, los cómics de hoy serían muy diferentes y podrían incluso no existir en absoluto.

Un enorme número de los escritores más claramente influenciados por Lee de hoy en día … como Chris Claremont, Marv Wolfman, Jim Shooter … casi seguramente no estarán con nosotros. Si eso es algo bueno o malo depende de tu opinión de sus talentos individuales. Stan Lee ha hecho muchísimo por la industria y no hay manera de evitarlo.

El resto? Acá (y también el ensayo en su publicación original)

 

 


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Periodista. Fundador de Plan9. Weón fome.