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El día en que Carl Sagan predijo el derrumbe de la civilización occidental7 min read

26 noviembre, 2019 5 min read

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El día en que Carl Sagan predijo el derrumbe de la civilización occidental7 min read

Cuánto me demoro? 5 minutes

A más de un mes de iniciado el estallido social, y a pesar de los ofertones prometidos por Mario Desbordes el gobierno y los frágiles acuerdos logrados con la oposición, las calles a lo largo de todo Chile siguen tomadas por manifestaciones que con el tiempo se han vuelto cada vez más extrañas y surrealistas.

Desde encapuchados lanzando fósiles de 66 millones de años de antigüedad hasta la inesperada guevarización de Raquel Argandoña, el estallido social amenaza con tragarnos a todos en un bucle de irrealidad sustentado en base a memes y funas a Karol Dance.

En todo caso, basta con mirar más allá de nuestra cordillera para caer en la cuenta de que Chile no es una excepción en Latinoamérica. Ecuador, Bolivia y ahora Colombia viven también crisis políticas parecidas (algunas más controladas, otras que amenazan con llevarse consigo a la democracia y al estado de derecho). Para qué hablar de Brasil, cuyo descenso a los infiernos cortesía de Bolsonaro lo ha convertido en una mala parodia de la Latinoamérica autoritaria de los años 80.

Levantemos un poco más la mirada. Crucemos el océano y veamos lo que sucede en el viejo mundo, donde movimientos nacionalistas (y algunos derechamente fascistas) han comenzado a desgarrar la Unión Europea, poniendo en riesgo todo el sistema de cooperación internacional y, con ello, la misma posibilidad de existencia de la raza humana (porque aceptémoslo, la única manera de sobrevivir a la debacle ecológica es a través de la globalización).

Y en la cúspide de esta gran pirámide de degeneración política, un meme viviente se ha hecho con la presidencia del país más poderoso de Occidente. Donald Trump ha aprovechado el descontento hacia las élites surgido de la crisis sub-prime y la ignorancia escandalosa del gringo promedio para terminar de hundir a Estados Unidos en un escenario internacional que le era ya de por sí desfavorable.

¿Por qué toda esta presentación tan preludio a Mad Max? Porque toda esta hecatombe la predijo en su momento Carl Sagan, el famoso astrónomo y divulgador científico conocido por crear la serie Cosmos, que permitió por primera vez a las familias norteamericanas atisbar la majestuosidad del universo desde una perspectiva científica y libre de todo dogma religioso.

Y es que Carl Sagan no solo era un ferviente amante de la ciencia, sino que dedicó gran parte de su vida al activismo político. Convencido de que única posibilidad de que la raza humana se convirtiera en algo realmente excepcional era a través del uso de la razón y la cooperación, Sagan luchó por causas tan variadas como la desnuclearización de Estados Unidos, el ecologismo e incluso la legalización de la marihuana, de la que él mismo era consumidor.

En su último libro publicado, “El mundo y sus demonios”, Sagan explicaba el método científico en un lenguaje accesible al ciudadano promedio además de ofrecer al lector una suerte de kit de herramientas para identificar ideas fraudulentas y no dejarse llevar por la pseudociencia y los dogmas.

El hombre que veía el futuro

Sin embargo, en el último tiempo las redes han vuelto a reflotar este libro debido a algunos pasajes que, a la luz de la situación global actual, se vuelven perturbadoramente premonitorios (lo que no deja de tener su gracia, dado el escepticismo de Sagan).

Enfocándose en su país, el científico preveía un periodo de decadencia en que la democracia representativa ya no representaría a nadie, las industrias se habrían trasladado a otros lugares del globo y las personas serían incapaces de distinguir la verdad de lo que “se siente bien”.

“Preveo cómo será la América de la época de mis hijos o nietos: Estados Unidos será una economía de servicio e información; casi todas las industrias manufactureras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad.”

No contento con haber acertado punto por punto al declive de la civilización Occidental, algunas páginas más adelante Sagan también ofrece su visión sobre el culto a la inmediatez (exacerbado hoy debido a las redes sociales) y la celebración de la ignorancia que se estaba dando en esos años en Estados Unidos (y que hoy llega a su máxima representación en la figura de Donald Trump):

“La caída en la estupidez de Norteamérica se hace evidente principalmente en la lenta decadencia del contenido de los medios de comunicación, las cuñas de treinta segundos (ahora reducidas a diez o menos), programación de nivel ínfimo y las crédulas presentaciones de pseudociencia y superstición, pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia.”

El mundo y sus demonios fue publicado en 1995. Carl Sagan moriría un año después, antes de ver cumplidos sus peores miedos: una sociedad abandonando la razón para retornar a la oscuridad y a la superstición.

Es difícil no terminar una nota como esta con un tono pesimista y negativo, pero hay que hacer un esfuerzo: hoy la democracia representativa está en crisis terminal, la extinción masiva golpea nuestras puertas (y no solo la de los humanos, sino la de la mayoría de las especies animales) y los estados nación se están desintegrando en gran parte del mundo.

Sin embargo, situaciones como las que vive Chile hoy nos demuestran que en cambios de ciclo el poder se rebaraja: en este caso se ha movido a instancias locales, recuperando las poblaciones y municipios la capacidad de transformación política que les había sido arrebatada por el estado nación en el siglo XIX.

Es verdad que la democracia representativa agoniza, pero ¿fue representativa alguna vez? La democracia representativa fue un proyecto político creado para una sociedad muy concreta: la elitaria del siglo XIX primero y la de grandes masas homogéneas y movilizadas del siglo XX después. Cuando la posmodernidad ha volatilizado la capacidad de creer en grandes relatos y cada individuo quiere representarse a sí mismo (válgase ser único y diferente), los partidos, ideologías y naciones se hacen irrelevantes.

A la vez que lo local va recuperando fuerza, las redes internacionales necesitan más poder que nunca para enfrentar los desafíos actuales, como el cambio climático y la regulación tecnológica, que pasan obligatoriamente por la cooperación global.

Quizás la desaparición del estado nación permitirá la real unificación de la humanidad para los grandes problemas de la especie (y de las especies) mientras que los individuos nos dedicaremos a (auto)gestionar nuestra vida cotidiana. No parece un mal trato.

Es fácil ser catastrofista cuando se está en el punto de quiebre de un sistema que ha regido por siglos. Los romanos debieron haber pensado parecido cuando el Imperio sucumbió a los “bárbaros” (que no eran más que pueblos con culturas distintas pero igualmente ricas y antiquísimas). Pero aquí estamos, mil quinientos años después. Y si seguimos la estela de Carl Sagan y otros como él que valoraban la razón y la cooperación, bien podríamos seguir aquí en mil quinientos años más.

Comenta o muere

Remedo de periodista. Fanático del terror en todas sus formas y lector furioso. Tendiente al pánico por la acumulación de libros apilados en el velador y películas sin ver en el disco duro.