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Bojack Horseman: La risa abunda en la boca de los tontos

10 mayo, 2017

Bojack Horseman: La risa abunda en la boca de los tontos

Las series de comedia no deberían ser como Bojack. No se supone que lo sean. Las series tienen que distraerte, hacerte feliz. Obviar que tu vida es miserable y entregarte evasión en formato enlatado de 30 minutos.

Por eso cuando uno le pone play a la obra de Raphael Bob-Waksberg cae en una trampa. No solo te la venden como una comedia, para adultos, sobre un caballo ex estrella de televisión adicto a todo lo que se pueda ser, sino que además, quieren que creas que es solo eso. Y la verdad es que no lo es.

Bojack, como dije, es un caballo que fue otrora famoso en un programa llamado Horsin Around (algo así, como “Caballando” (?))  que no es más que la clásica sitcom ochentera. Una especie de Who is the boss?, mezclado con  Alf  y todos los tópicos habidos y por haber de esta clase de serie.

Hoy pasa por horas bajas. Vive de los réditos de su pasado y está en una espiral de decadencia a la espera de un libro autobiográfico. Gracias a eso, conoce a Diane, una chica que como su escritora fantasma, detonará una serie de eventos que da vida a la serie.

Eso es a grandes rasgos Bojack. Bajo las gruesas capas de comedia que pudiese encontrarse, es en realidad un drama de proporciones que habla de nuestra condición como seres alienados, imperfectos, adictos, egocéntricos y necesitados de afecto.

La serie, original de Netflix, es un show que usando el nihilismo como arma cortopunzante, nos entrega una mirada al vacío de la existencia actual. A la vacuidad que es vivir hoy bajo los estándares de éxito occidental y que al igual que miles de otras obras; nos refriega en la cara la falsedad de todo.

La serie es una apuesta arriesgada en un mundo donde las shows para adultos (occidentales) no se atreven a ir más allá sin soltarse del humor.

Sin ir más lejos, con todo lo compleja y dramática que pueda ser Rick And Morty, la serie de Justin Roiland siempre va con la comedia por delante. Como si no confiara lo suficiente en su drama para entregarse totalmente a la pena.

Bojack, por el contrario abraza su naturaleza triste, patética y desoladora. Hay capítulos que son demoledores. Episodios que si bien, están permeados por un humor muy cínico, siguen siendo en el fondo, radiografías muy tristes de nuestra sociedad.

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Porque no sólo Bojack está solo. Realmente en esta serie; todos lo están. 

Desde la cocaínomana Sarah Lynn, hasta la trabajólica Princess Carolyn. Desde el naif Todd, hasta el optimista Mr Peanutbutter. Todos están definidos por su tristeza.

Un reparto de personajes que parecieran en primera instancia tener su vida más resuelta que nuestro caballo amigo, cuando la verdad es que ninguno la tiene.

Bojack, interpretado por Will Arnett (que además, es protagonista de esa otra maravilla de la comedia que es Arrested Development) es parte de un elenco en el que todos están conscientes del tono de la serie:

Que BoJack sea un caballo nos deja separarnos de la verdad y que la parodia no sea tan real” comenta Arnett en cierta entrevista.

“Parodiamos lo absurdo de este mundo interesado en las bajezas de los famosos”, dice. “La búsqueda vital de este actor alcohólico es, en el fondo, realmente trágica.” (…)“Es lo más dramático que he hecho. Raphael-Bob-Waksberg- y yo salimos de la grabación hechos polvo”.

Bojack vive de su pathos; lo alimenta y lo fortalece.

Las adicciones y las mentiras. La autodepreciación y la inseguridad. La soledad y la falta de empatía. No solo las situaciones paródicas que describe son tremendamente más humanas que lo que pasa en otras series, sino que además son una especie de espejo retorcido de nuestra vida.

Al final del día, son cosas que le pasan a cualquiera, sólo que en otra escala. La incapacidad de avanzar, o de perdonar. O de pedir perdón o dejar pasar.

Hay cierto episodio en que en un viaje inducido por drogas piensa en qué habría sido de su vida si hubiera tomado tal elección y no otra.

El caballo es simplemente un personaje que sufre como nosotros porque tiene equivocaciones dolorosamente humanas.

Es muy divertido (si es que pudiéramos permitirnos esa palabra) contemplar el clásico tópico de la existencia de un bufón que por dentro es un imbécil.

Todo esto acrecentado por una comedia que a veces prescinde del punchline y opta por lo visual.

Horseman es además, una serie que saca jugo en su animación. De carácter efectista y trazo simple hay mucha belleza y arte en cómo anima las cosas. En cómo relata el chiste por medio de lo visual.

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Sin ir más lejos, su última temporada goza de un episodio mudo notable.

Bojack Horseman además no tiene una falsa densidad. Es honesta, directa, sencilla, efectista si se quiere pues aunque habla sobre la moral que impera en el negocio del espectáculo, es de un mensaje universal.

“Sólo quiero distraerme y evitar pensar en la tristeza que me rodea” dice Bojack en un episodio. Una crítica cruel a la industria del entretenimiento que paradójicamente nos tiene sentado en el sofá viendo esto.

Ese espejo distorsionado en donde uno encuentra comunión con historias tan inverosímiles como un grupo de amigos de New York con tiempo para estar en una cafetería todo el día.

En Bojack encontramos más de eso, pero del lado que no nos gusta explorar a menudo. Nuestro lado más de mierda, imperfecto y cochino del que además, estamos completamente conscientes.

Una parodia que tiene poco de parodia y mucho de realidad pero que por lo mismo, cumple con lo que un programa de televisión busca en su audiencia. Identificarse. Encontrarse con uno mismo. Incluso si eso significa hallarme llorando al final de un episodio que se supone, debía hacerme reír.

Las comedias no deberían hacer eso ¿o si?

Periodista. Fundador de Plan9. Weón fome.
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