El Infinito Música

Un viaje llamado Primus

7 marzo, 2017

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Un viaje llamado Primus

La primera vez que vi a Primus fue en el Estadio Bicentenario de La Florida, donde compartieron escenario con Fulano y Faith No More, en una jornada la zorra. En el 2014 nuevamente escuché a Les Claypool y compañía, bajo el contexto del Rockout Fest. Dos conciertos inolvidables.

Lo cierto es que desde siempre he sentido una gran admiración por el grupo californiano, además de identificarme demasiado con su sonido único, donde el bajo cobra una relevancia incomparable.

La distorción y el ruido son capaces de cansar a cualquiera; la mezcla muchas veces resulta en sicodelia. En la semana pasada nuevamente nos visitaron, tocando cuatro conciertos seguidos, todos con un setlist diferente. Yo tuve el placer de ir el viernes al Teatro Municipal, luego de tomar leche de marihuana siguiendo esta receta.

El resultado fue de otro planeta, y quisiera compartir ese momento con ustedes.

Primus comenzó -en mi caso- con To Defy the Laws of Tradition, canción que abre el tremendo Fizzle Fry. Siempre he creído que esta canción es una declaración de principios o el gran manifiesto de la banda. Y por supuesto, un himno personal.

La existencia de Primus se basa en la validación de la diferencia. Su misión es crear algo extraño, pero al mismo tiempo, extremadamente crítico.

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Las canciones narran distintas realidades que no siempre son consideradas en el arte, ni mucho menos en la música popular o mainstreamLos largos interludios instrumentales estuvieron muy presentes. Llenos de virtuosismo, cada vez que la banda se adentra en estos viajes, deja una puerta abierta para la reflexión.

La música de Primus es un híbrido entre la emocionalidad y la racionalidad, que van juntas de la mano y no se sueltan nunca. Otros puntos altos del concierto del viernes fueron Harold Of The Rocks, My Name Is Mud, Mr. Knowitall y el encore Here Comes The Bastard. Puros clásicos. Mención especial a Is It Luck?, mi canción favorita del Sailing the Seas of Cheese.

Si tuviese que definir la noche del viernes en una palabra, sería bizarra. Ir al Teatro Municipal, un lugar donde la acústica es maravillosa, y ver a una de las bandas más emblemáticas del último tiempo, no tiene precio.

Cuando algo es tan sui generis y gusta tanto, se convierte en una experiencia religiosa. Tras racionalizar esto, llego a la conclusión de que mi visión de la realidad es muy parecida a lo que plantean los norteamericanos.

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Acá no hay imágenes bonitas ni muchos momentos de tranquilidad, todo es demasiado y está lleno de locura y sinsentido. Es el mundo en que nos tocó vivir; nuestra forma de ser y pensar. Su música enriquece mi alma y la de todos los asistentes de aquellos cuatro días. Ojalá vuelvan pronto.

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