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Kubo and the Two Strings (2016): Somos la historia que contamos de nosotros mismos

13 noviembre, 2016

Kubo and the Two Strings (2016): Somos la historia que contamos de nosotros mismos

“Si deben parpadear, háganlo ahora. Presten atención a todo lo que vean y oigan. Sin importar cuán inusual parezca. Y por favor, quedan advertidos. Si se agitan, si se apartan. Si se olvidan de alguna parte de lo que les voy a contar. Incluso por un instante. Entonces, nuestro héroe seguramente perecerá”.

Hay una idea base que ronda durante todo el metraje de Kubo. Y es aquella que muestra a la memoria como el mejor legado de nuestra identidad.

¿Qué somos si no acaso una colección de recuerdos para los demás?

Kubo and the Two Strings es la cuarta cinta del estudio Laika.  Laika es responsable de cosas maravillosas como Coraline, Paranorman y Boxtrolls (además de ser los que se encargaron de todo el apartado técnico en La Novia Cadáver) y en esta ocasión, presenta una historia original de la mano de su CEO Travis Knight quien debuta tras la cámara y que a pesar de ciertas fisuras que dejan entrever algo de inexperticia, logra dar forma concreta con lo que es una de las mejores cintas animadas de este año.

Kubo es un niño que vive con su madre cerca de un pequeño pueblo y que se gana la vida contando una historia que jamás termina. Acompañado de su shamisen, y de cierta magia que dota de vida a los origamis, el joven debe volver a casa siempre antes de que anochezca.

Sobre él, pesa una búsqueda implacable por parte de sus tías y su abuelo que eventualmente lo llevará a una búsqueda acompañado de un mono protector y un escarabajo samurai sin memoria.

Y esa es la palabra clave. Memoria. En Kubo, la memoria como el mejor relato es una idea que se desarrolla con mucha naturalidad. Dándole un peso importante y unas sublecturas atípicas para un historia que apunta a los niños.

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Laika en todo caso, siempre ha mostrado esa disposición a tratar a su público de forma respetuosa.

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Sin en Coraline vemos los aspectos del egoísmo, en Paranorman la aceptación de la muerte y en Boxtrolls la de la diferencia, en Kubo, estamos frente a una historia que valientemente nos habla de las enfermedades mentales degenerativas, el pasado como definición de nuestro futuro, la identidad y como decíamos, la memoria.

En esta historia sobre historias, es que Laika se mueve con soltura en todos los apartados. Técnicamente es una maravilla. Es increíble que solo haya costado 60 millones de dólares (para un producto con estas características) y que además hayan pulido tanto su técnica que en algunos momentos te llegues a olvidar que el mar por ejemplo, está hecho con papelitos.

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El trabajo además de Dario Marianelli en la BSO, llena de melodías y tonadas de corte oriental, acompañan con suficiente fuerza y personalidad, llegando a ser la perfecta comparsa para todos los momentos.

Desde pequeñas piezas para los momentos íntimos, hasta melodías guerreras para los set pieces de acción.

Quizá adolezca de una mano mucho más suelta en lo que a convencionalismo se refiere.

A veces Kubo quiere ser graciosa, apuntar al gag y al slapstick para alivianar tensiones o construir relaciones, pero se queda a medio camino en el intento y no porque no funcione, sino porque como cinta lo hace mucho mejor cuando abraza su naturaleza dramática, emotiva y que no teme ser más oscura y lúgubre cuando lo amerita.

Y todo eso se pierde un poco cuando le pega al molde.

La búsqueda de la armadura samurái obedece claramente a la estructura del viaje personal, el héroe iniciático, pero acá, a diferencia de cosas como Dr. Strange que operan bajo un manual demasiado estricto, demasiado calcado a todo lo demás, subvierten esta idea siendo simplemente una excusa para contar la historia que Kubo quiere contar. La historia de su propia vida.

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En el mundo del pequeño niño, el recuerdo es la pieza fundamental con la que contamos para avanzar. Construyendo el futuro, con un ojo en el pasado y los pies en el presente.

Una idea que en esta cartelera tan llena de cosas ambiciosas y grandilocuentes que finalmente no me dicen nada, es una idea valiente, una idea arriesgada. Una que si entra a competir con cintas más tradicionales, probablemente pierda, pero eso parece no importarle a Laika, que cada vez me convence más que lo suyo es simplemente contar lo mejor que pueda las historias.

Kubo es entonces, una de esas cintas que perdurarán en nuestros recuerdos. Más allá de su calidad visual o su ambición, es porque trata algo mucho más elevados que sus competidores.

Quiere quedarse con nuestra memoria. Como dije, esa es la palabra clave.

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Periodista. Fundador de Plan9. Weón fome.
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