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Big Pharma: el juego más terrorífico del mundo

8 noviembre, 2016

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Big Pharma: el juego más terrorífico del mundo

Hay un concepto en el metalenguaje de los guionistas que resume este artículo a la perfección: Fridge Horror.  El horror de refrigerador es cuando te das cuenta que en las cosas sencillas de nuestras amadas historias (muchas veces, de nuestra infancia) se escondían horrores más allá de lo evidente.

¿Se dieron cuenta que el rey helado vagó miles de años sólo buscando a su princesa por páramos radioactivos, se imaginan cada día de esa weá?¿Pepe Le Pew efectivamente se quería violar a la gata con pintura?

Pero estas son todas historias fantásticas, escenarios ridículos y normas sociales obsoletas que nos parecen ridículas y hasta le agregan un plus a cuentos que escondían secretos, incluso a sus autores originales. ¿Cuántas veces tendremos que escuchar chistes malos de la caperucita y el lobo feroz? Esos chistes nacieron viejos.

Ahora, lo que no es viejo y nunca lo será es el tema de los medicamentos. La industria farmacéutica el 2011 facturó en drogas de prescripción 954 mil millones de dólares, eso es 924 mil millones más de lo que Pablo Escobar nunca juntó.

¿Por qué saco a Pablo Escobar? Porque esos 954 mil millones se los reparten 10 empresas. 10 Pablos Escobares no alcanzan ni en sueños el 15% de esa chorrera de plata (ajustando la inflación, porque somos un medio serio) y no necesito decirlo pero el dinero, es poder.

La premisa de Big Pharma, juego indie del 2015, es igual de inocente que la de “Hora de Aventura”: Monta una industria, gana plata, repite.

Se juega como el clásico Roller Coaster Tycoon, montamos líneas de producción y administramos con lujo de detalle lo que se nos antoje. Las líneas de montaje refinan productos naturales y es nuestra labor el concentrar o diluir con excipientes el contenido de cada fármaco. El departamento de márketing se encarga de promocionar nuestra nueva marca (por supuesto, no genérica) y el departamento legal de que cada medicamento sea aprobado por la legislación vigente.

Hasta aquí todo bien, el primer escenario es sencillo y directo: Aliviar los efectos del resfriado. Un equipo de científicos financiados por nuestra marca emprende un viaje de dos semanas al amazonas (cada día de juego son sólo segundos) en busca de una nueva planta que revolucionará el mercado.

Le damos la proporción correcta de excipiente y concentración para luego pasarlo al Testing, mostrando un efecto secundario en pacientes: Inducir sueño. Donde otros ven un problema nosotros una oportunidad: Un nuevo medicamento contra el insomnio. Un cambio aquí y allá y vualá, pastillas para dormir.

 

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Pero claro, no todos están contentos con nuestra nueva píldora. Competidores de grandes marcas acechan en la bolsa de valores, atentos a nuestros movimientos. No tardan en aparecer nuevos remedios “alternativos” con mejor posición en el mercado, mayor alcance y precios “ligeramente” más bajos con el sólo fin de sacarnos del mercado. Pero somos un equipo íntegro y no jugaremos sucio, no señor.

Cuatro escenarios más tarde algo salta a la vista: Las fórmulas químicas usadas en el juego son reales. Fui biólogo en el colegio y sé una que otra cosa sobre ciencias, quizás eso hizo que un sudor frío me recorriera la espalda cuando comencé a adentrarme en el agujero del conejo y ver que las enfermedades también lo eran: Aterosclerosis, túnel carpiano, anticonceptivos masculinos, leucemia, antidepresivos, cáncer en todas las formas y colores, incluyendo paliativos para los dolores terminales. Son enfermedades que curar ¿No?

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Ahora no todo es tan realista, es posible encontrar curas efectivas a diversas enfermedades… con el tiempo y dinero necesario por supuesto. Además de conseguir curas múltiples que definitivamente nos permite llenarnos de dinero y posicionarnos en el mercado. Tras dos años de juego y múltiples intentos lo conseguí: Una cura para el VIH, es hora de patentarla y… un mensaje nuevo, curioso. “Compañía rival da el salto: Curan un paciente de VIH positivo”.

¿Es una broma?¿El juego me tendió una trampa?¿Qué tenían ellos que no tengo yo? Un espía, por supuesto. El juego te da la posibilidad de espiar compañías rivales y explotar el nicho del mercado que ellos usan, en este caso la industria rival es líder en el mercado para el tratamiento del VIH y se apresuraron a patentar mi fórmula, con una patente de 2 años.

 

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Derrotados, los abogados vuelven a casa, una segunda hipoteca no es más que un paracaídas de plomo para las deudas de la industria completa.

De no ser por mi tratamiento para combatir el cáncer estaría en la calle. Pero los hados del destino son caprichosos y doy por accidente con la puta cura del cáncer.

Ya es tarde para salvar a Bowie, pero aún hay tiempo para Hugh Jackman… ¿O lo hay? Quizás pueda aguantarse, nosé ¿20 o 25 años quizás? Está en la flor de la juventud casi llegando a los 50.

El mundo sigue consumiendo mis tratamientos, mi ventaja sobre los demás competidores me ha dado el monopolio y perderlo es una opción real. Pan para hoy y hambre para mañana, después de todo ¿Quién recuerda al descubridor de la vacuna contra la malaria?¿Contra el polio?¿Contra la rabia? Si, tendría reconocimiento… por una puta semana ¿Y luego qué? Solucionas un problema mundial y luego la gente se queja, fíjense lo que le pasó a Monsanto ¿Dónde está el hambre en el mundo?¿Ah? 50 años atrás la gente moría de hambre en sudamérica, una sequía humilde, unas dos o tres heladas y bam, tenías niños muertos.

¿Qué les importa las mutaciones? Están comiendo, están vivos. Dicen que la comida está alterada genéticamente sólo porque se ve diferente ¡Ha! Deberían ver las fibras de su ropa, el aceite de sus motores, las putas hojas de sus cuadernos, todas salidas de plantas y árboles transgénicos. Con la fórmula patentada bajo estricto secreto me doy cuenta de la situación macro: Si libero la cura para el cáncer mi empresa está quebrada. 

Y quebrar significa Game Over. No hay forma alguna de ganar en Big Pharma sin torcer las reglas, sin mentir y engañar a través de omisiones inocentes.

Si el infierno está pavimentado de buenas intenciones, tengo suficiente asfalto como para extinguir al animal del que lo sacan. En un mundo donde buscamos alivio y soluciones inmediatas el juego nos llava a capitalizarlo, a ponerle etiqueta, nombre y precio.

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En ningún segundo se le cae la máscara a Big Pharma, nunca nos tira un comentario sarcástico o alguna talla pesada, el juego cree ciegamente en su premisa.

Es un tipo distinto de maldad, una maldad real, esa que se esconde detrás de mil máscaras, es el monstruo absurdo al que perseguimos pero sólo podemos verle la cola, porque él inventó las reglas del juego.

Al final del día apago el computador, es suficiente. En uno de mis primeros artículos (creeeeo que el de Dark Souls) hablé de como los videojuegos nunca mienten. Ellos pueden poner obstáculos, torcer y cambiar reglas de forma caprichosa, pero siempre nos hablan de frente. Big Pharma no me hizo jugar como el villano, me convirtió en ese villano, me hizo caminar en sus zapatos y decir sus mentiras.

Hannah Arendt (wachita carnua, me transplanto un utero y le doy un hijo) en su libro “La Banalidad del Mal” le hace un seguimiento al juicio de Adolf Eichmann, jerarca nazi procesado por genocidio. Él comisionaba ampliaciones para las duchas de gas en Auschwitz, más trenes de la muerte y recortes de presupuesto, que claro se traducían en matar de hambre a los residentes. Al final de su día él marcaba tarjeta, volvía a casa donde le esperaba su cena, ayudaba con las tareas a sus hijos, le hacía el amor a su señora y a dormir.

Lo que hizo no tiene perdón, pero a cualquiera de nosotros le caben sus zapatos. ¿Cómo sé si lo que hago está mal? No es necesario tener una experiencia traumática para ser un villano, no se necesita de una “historia de orígen”, todos nosotros somos perfectamente capaces de atrocidades sin siquiera cambiar nuestra forma de ser.

Scooby Doo tenía razón, los verdaderos monstruos somos los humanos, y si ese no es terror yo no sé que chucha lo es.

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